23 de noviembre de 2011

El cartero

 
No fue hace mucho cuando empezaron a llegar esas cartas: sobres de colores, decorados siempre con corazones y flores. Al principio a todos los empleados les picó la curiosidad. Ahora ya se habían acostumbrado y les daban el mismo triste trato que a las facturas del banco. Todos menos uno. El cartero encargado de repartirlas cada día era el único que aún se conmovía.

Le parecía raro, además, en un pueblo tan pequeño, no conocer a la afortunada y ni siquiera haberla visto una vez. Empezó a sentir la necesidad de saber para quién eran esas cartas, quién suscitaba un amor tan laborioso y constante. No se le ocurrió más estrategia que empezar a esperar en la puerta a que alguien saliera de la casa.

Los primeros días no tuvo suerte, pero al tercero o el cuarto se encontró de frente con la que, desde ese momento, se convirtió en un problema. Andrea, pelirroja, con una sonrisa deliciosa en la que bailaban sus muchas pecas, abrió la puerta y al ver al cartero parado en la acera le preguntó si no había nada para el 2º D.

Balbuceando, perdido entre esas pecas, Ramiro rebuscó en el cofre con manos torpes las cartas que llevaba toda la mañana deseando entregar. Cuando las encontró las puso al alcance de Andrea mientras trató de hacer algún comentario que se le tropezaba una y otra vez en la lengua. Ella sonrió un poco más todavía y, cogiendo las dos cartas, se dio la vuelta dejando a Ramiro tan parado como lo había encontrado.

Tardó aún algunos segundos en reaccionar. Primero salió del aturdimiento de haberse topado con aquella belleza risueña. Después supo que se había enamorado. Inmediatamente llegó a la conclusión de que no tenía sentido, pues esta chica, que recibía a diario estas misivas, difícilmente iba a estar por la labor de cambiar de amante.

Los días pasaron, pero no el estado de Ramiro, que, encima, tenía que cargar con las cartas del rival. El asunto le tenía frito, pero a pesar de su desesperanza, cada vez hacía más por encontrarse con la destinataria. Tampoco a ella le pasó inadvertido el interés y se fue acercando un poquito más hasta que ya, asombrada por su escasa iniciativa, no tuvo más remedio que asaltarlo: “Bueno, ¿qué? ¿Es que no piensas pedirme que vaya contigo al cine o a tomar una copa?”.

La sorpresa fue mayúscula y la lengua de Ramiro se volvió otra vez de trapo. “Pero, ¿y las cartas? ¿No estás saliendo con ese tal Emilio que las firma?”. La risa franca de Andrea lo desconcertó un poco: “¿Las cartas? ¿Era por las cartas?”.

Con más calma, Andrea le explicó que ni una sola de esas cartas era para ella. De los datos del sobre sólo coincidía la dirección, el nombre jamás fue el suyo. Andrea se las quedaba porque le hacían gracia. Sentía que eso no llegara nunca a su destino, pero gracias a ellas, le dijo, había conocido al hombre que de verdad le gustaba. Ramiro aún estuvo a punto de preguntar quién era ese afortunado. Por suerte se dio cuenta antes de soltar el disparate y cuando abrió la boca ya sólo citó a Andrea para las seis, la hora a la que pasaría a buscarla.

Las pecas de Andrea se fueron saltando y Ramiro, igual que el día que la conoció, necesitó unos minutos para recuperarse de esta última entrega. La mejor.

J.P.

Blue Monday / New Order