25 de mayo de 2012

No tenía tiempo



Al entierro de Jorge solo asistieron su gestor, el albacea del testamento y el director de su sucursal bancaria. Él ya no estaba para eso, pero seguro que ahora se alegra de no haberse cambiado a un banco de esos por Internet. Habría tenido un invitado menos.

Y no es que no tuviera amigos o personas queridas, no. O, bueno, al menos no fue así en el principio. Hubo un tiempo en el que, incluso, llegó a estar casado.

Jorge tenía su trabajo normal, que le daba de comer sin causarle demasiados quebraderos de cabeza. En el trabajo conoció a Nuria, su esposa. Se relacionaba, salía con frecuencia, le gustaban el deporte, el cine, los libros…Es decir, todo lo que, en estos días, se considera normal.

Le abrasaba sin embargo el resquemor de que su profesión no le llenaba, así que empezó a escribir cuentos para una conocida publicación. Al principio, lleno de ideas, los resolvió con facilidad. En media horita tenía su texto y, a cambio, unos euros que le venían de perlas para darse un caprichito de vez en cuando.

Los cuentos empezaban a pesarle, pero como seguía sin estar satisfecho, aceptó otro tipo de trabajos, desde fotógrafo a diseñador, ocupaciones a las que siempre había sido aficionado. Empezó seleccionando, pero luego, sin saber por qué, atendió cada propuesta que le llegaba. Fue entonces cuando comenzaron los problemas.

Tanto trabajo apenas le dejaba tiempo. Empezó a engordar, a perder la forma, porque no podía hacer deporte. Dejó de salir y de leer, porque no tenía tiempo para el ocio. Dejó de atender a Nuria porque no tenía tiempo para su mujer.

Ella aguantó unos meses pero, cuando ya no pudo más, pidió el divorcio. A pesar de que Jorge ganaba un dineral con tanto trabajo, ni siquiera pidió una compensación. Si Jorge se hubiera dado cuenta, se lo habría agradecido, pero no tuvo un segundo. Si hubiera visto sus lágrimas cuando cerró por última vez la puerta de casa…Tampoco pudo, tenía que entregar un cuento.

La cuenta crecía al mismo ritmo que disminuían sus relaciones, sus amigos, sus ratos libres. Con una artrosis crónica en las muñecas por el uso intensivo de ratón y teclado, Jorge iba envejeciendo. Cada mes parecía un año.

Una tarde se sintió mal. Dolor en el brazo izquierdo, ahogo, presión en el pecho. Identificó los síntomas como los de un infarto. Pensó llamar al 112, incluso pensó en llamar a Nuria. Se juró que en cuanto terminara el susto, llamaría.

Cuando puso el punto final, se dispuso a cumplir su promesa, pero no llegó a tiempo. El 112 se presentó en su domicilio al haber recibido una llamada abortada y solo encontró el cuerpo de Jorge sobre el teclado. En la pantalla, su texto póstumo, enviado justo antes del fallecimiento y el extracto de su cuenta corriente, que alcanzaba cifras astronómicas.

En presencia del triste cortejo fúnebre fue enterrado con su libreta de crédito. No se encontró en su casa ningún otro objeto por el que pudiera tener el menor afecto. No le quedó tiempo.

Juan P.


19 de mayo de 2012

Cura de sueño




Javier era un gran soñador. Pero no de esos que sueñan despiertos, que creen en aventuras imposibles y que piensan que alguna vez podrán protagonizar. No, Javier es que se pasaba el día literalmente dormido. Y soñando.

Tenía la gran suerte de recordar siempre lo que soñaba. Eso, unido a su facilidad para echar una cabezadita en los sitios más inesperados, le hacía ser una fábrica de sueños permanente.

Él, la verdad, estaba encantado, porque dormido vivía las cosas que tenía a una distancia sideral; no le gustaba ni un poquito su vida. Sonaba el despertador a las 7 cortándole de raíz algún sueño espectacular. Lo primero era la ducha de cada mañana, la mitad de los días con el agua fría, por su eterno descuido con la bombona de gas. Salir congelado de la ducha, desayunar cuatro galletas secas e ir a trabajar en un autobús atestado no mejoraba para nada sus primeras horas. A veces, con un poco de suerte, le daba tiempo a amodorrarse en el trayecto, pero nunca tanto como para soñar.

Odiaba su oficina. No le gustaba ninguno de sus compañeros. No era la primera vez que había llegado a trabajar pensando que estaría solo porque un misterioso encapuchado se había encargado de todos la noche anterior. Era una de las fantasías que de mejor humor le ponía. Hasta que llegaba y comprobaba que todo seguía igual.

Su sitio era el peor. El sol entraba por la ventana de su izquierda de forma que, aunque cerrara los ojos, siempre nadaba en una luz cegadora. Y Javier, ya nos lo podemos ir imaginando, era más bien un hombre de penumbra. Esa tendencia al sueño empezó a causarle problemas. En el trabajo se quedaba dormido en los servicios. Eso...el día que llegaba, porque cada vez con más frecuencia se dormía en el autobús y se pasaba de parada o, directamente, le pegaba un golpe al despertador, se daba media vuelta y no salía de la cama.

No le quedó más remedio que ir a ver al doctor, que le recomendó, paradójicamente, una cura de sueño. El plan le pareció genial. Dos días enteros durmiendo. ¿Dónde había que firmar?

En 48 horas profundamente dormido, su cabeza fue poco menos que una batidora. Las historias se sucedían a gran velocidad, una tras otra. Hasta las hubo adivinatorias. Cuando despertó, recordaba cada segundo. Repasando cayó en la cuenta de que uno de sus sueños tuvo que ver con la lotería. Vio claramente los números premiados. Salió corriendo de casa y selló su boleto.

A la mañana siguiente, de vuelta al trabajo, lo primero que le vino a la memoria fue otro de los sueños de su cura, uno en el que ponía una persiana a esa ventana que le ahogaba de luz. No supo cómo podía haber sido tan tonto, con lo fácil que era ponerle remedio. Una vez que tuvo su persiana empezó a ser más o menos feliz en la oficina. Durante los diez minutos que sus compañeros empleaban en echar un cigarro, él podía, al fin, dormitar en su esquinita.

Una vez puesta la persiana, se animó a comprobar la combinación ganadora de la loto cada semana. Sonrió. Al menos ya tenía su persiana.

J.P.

12 de mayo de 2012

Malditos ojos




Baja las escaleras apresuradamente y sale de casa a la misma hora, como cada día. La temperatura, como corresponde a un duro día de invierno, hoy es extrema, y el frío y el viento cortan su cara a cada zancada. Camina con paso firme mientras el vaho de su aliento empaña sus gafas de sol. Saluda educadamente a los vecinos que se cruzan a su paso,  pero sus gafas oscuras camuflan una mirada desconocida hasta hoy para todos ellos.

El azar le ha hecho escoger una avenida abarrotada de gente. Todo lo tiene  perfectamente planeado, no será difícil, lo ha preparado meticulosamente en su mente durante meses y nunca dudó de ser capaz de hacerlo. Se quita las gafas lentamente y desenfunda un arma camuflada en su gabardina, el gran día ha llegado mientras  su corazón late con fuerza y el subidón de adrenalina actúa como una droga inhibiendo cualquier sentimiento de piedad.

Descarga todo su odio en cada detonación indiscriminadamente, borracho de sangre derrama a borbotones toda su maldad y la realidad se convierte en el gran escenario de su ira.

Gira sobre si mismo y apunta de nuevo, te descubre mirándolo y clava sus malditos ojos en los tuyos, son sólo décimas de segundos aunque a ti te parezcan una eternidad. Avanza rápido hacia donde te encuentras, no le importa que llores, ni quién eres, ni tu edad, ni tan siquiera a quién puedas dejar atrás.

Pasa todo demasiado rápido, pero el tiempo parece haberse detenido para ti y no tienes capacidad de reacción. Cierras los ojos para esconderte donde su mirada no pueda alcanzarte,  mientras, escuchas varias detonaciones y el golpe sordo de su cuerpo al caer.

Taber

3 de mayo de 2012

Desorden


Mi hija se acercó a mí y me planteó una pregunta interesante:
-Papá, ¿cómo es que las cosas se lían con tanta facilidad?
-¿Qué quieres decir con eso de «liar», cariño?
-Ya sabes, papá, cuando las cosas no son perfectas. Mira como está mi mesa ahora, llena de cosas. Está desordenada. Y, sin embargo, anoche, trabajé duro para que estuviera perfecta. Pero las cosas no permanecen así por mucho tiempo. ¡Se lían con tanta facilidad!
-Muéstrame cómo son las cosas cuando son perfectas- le pedí a mi hija.
Ella respondió moviendo todo lo que había sobre su estantería, colocándolo en posiciones individualmente asignadas. Una vez que hubo terminado, dijo:
-Ahí lo tienes, papá; ahora está todo perfecto. Pero no permanecerá de ese modo.
-¿Y si muevo quince centímetros tu caja de pinturas hacia este lado? –le pregunté- ¿Qué sucede en este caso?
-No papá, ahora ya está liado- contestó ella. De todos modos, la caja tendría que estar recta, y no inclinada como tú la has puesto.
-¿Y si muevo el lápiz desde el lugar donde lo has dejado hasta el siguiente?
-Ahora vuelve a estar desordenado -dijo ella.
-¿Y si el libro estuviera parcialmente abierto? Seguí preguntando.
-¡Eso también estaría desordenado!
-Cariño- dije regresando junto a mi hija-, no es que las cosas se desordenan con facilidad. Lo que sucede es que tú tienes muchas formas de que las cosas se líen, y solamente una para que sean perfectas.

Gregory Bateson