12 de junio de 2012

La cartera



Si ella no hubiera entregado la carta, nada de eso habría pasado, Marta tenía la sensación de que aquello era una pesadilla. Hacía 30 años que trabajaba como cartera en una aldea de la montaña. Conocía a cada uno de sus habitantes. Algunos de ellos, incluso, eran buenos amigos.

Con el tiempo, podía reconocer, por la cara que ponían, cómo sería el mensaje que les llegaba: ansiosamente esperado si extendían velozmente la mano para hacerse con el sobre con cara ilusionada; de simpática sorpresa si no esperaban noticias y fruncían el gesto; temido si la miraban esquivamente con las manos en los bolsillos, como con ganas de preguntarle si, realmente, era necesario que se adueñaran de aquel mensaje…

Eso fue exactamente lo que hizo Pili cuando Marta llamó a su puerta esa mañana. Desde hacía dos años la joven mantenía una bonita relación epistolar con un apuesto mozo que vivía fuera. La correspondencia entre ambos se había convertido en una alegre rutina de la que Marta se encargaba con gusto. Los sobres, siempre de colores, parecían el preludio de bonitas declaraciones y las dos mujeres bromeaban con cada entrega.

Pero hacía varios meses que el volumen de la correspondencia había menguado. Marta recordaba apenas dos cartas y, esta vez, Pili no sonreía.

__¿Las cosas no van bien?__le preguntó cuando la joven la miró contrariada.

__No, es solo que no la esperaba. Estar lejos es difícil…¿Tengo que quedármela?

Marta no olvidaría aquella pregunta jamás. Le dijo que sí, aunque no era verdad. Tonterías de enamorados, pensó. Pero aquella noche Pili se suicidó con una hoja de papel arrugada entre sus manos: “Lo siento. No puedo seguir contigo” ¿Cómo un mensaje tan corto podía hacer tanto daño? Y en ese mismo instante, sentada delante del café con leche que tomaba todas las mañanas y que ese día era incapaz de ingerir, se le ocurrió. ¿Qué necesidad tenía ella de hacer infeliz a la gente? Nunca más entregaría uno solo de los mensajes que intuyera que podían hacerle daño a nadie.

Dicho y hecho. En la aldea se acabaron las multas, los avisos bancarios, las notificaciones administrativas sospechosas…hasta la madrina de Marta, que dejó de recibir los informes hospitalarios, empezó a sentirse mejor. ¿Que la cartera intuía que en una carta había amor de por medio? Interrogaba sutilmente al destinatario y, si había alguna posibilidad de romper un corazón, el mensaje se quedaba en la mochila.

Durante más de seis meses el pueblo vivió unas deliciosas vacaciones postales. Cada nueva que llegaba a un hogar traía alegría. Y Marta compartía la felicidad de sus vecinos. Pero un día, las numerosas quejas de una sucursal bancaria destaparon el pastel y en media hora estaba despedida. Pero en realidad lo que más miedo le daba era la reacción del pueblo. La sorpresa fue que estos, sorprendidos y algo confusos, decidieron agradecerle esos seis meses de felicidad. Y le propusieron un nuevo puesto al alcalde. Seguro que al ayuntamiento no le vendría mal una persona que asesorara al pueblo para solucionar el papeleo de los mensajes más fatídicos. Para ayudarles a sobrellevarlos. Desde entonces, en la aldea hay un nuevo y original puesto: Consejera Postal Oficial.

Juan P.