18 de septiembre de 2012

¡Arriba esa autoconfianza!


Sé realista y valora lo que eres.

No te definas según tu aspecto.


No distorsiones tu imagen.


Cuídate. No te atosigues de comida cuando te sientas ansioso.


Elige cuándo y cómo comer, beber o descansar.


Dale libertad de movimiento a tu cuerpo; el ejercicio es esencial.


No te ates al televisor o al ordenador, huye del sedentarismo.


Controla tus impulsos.


Organiza tu tiempo, ya que potenciará tus cualidades.


Expresa lo que piensas, sientes y en lo que crees.


Explota tus capacidades; ¡Seguro que son muchas!


No te obsesiones con el físico. Si ganas peso, preocúpate de perderlo, en lugar de machacarte por los kilos que te sobran.

12 de junio de 2012

La cartera



Si ella no hubiera entregado la carta, nada de eso habría pasado, Marta tenía la sensación de que aquello era una pesadilla. Hacía 30 años que trabajaba como cartera en una aldea de la montaña. Conocía a cada uno de sus habitantes. Algunos de ellos, incluso, eran buenos amigos.

Con el tiempo, podía reconocer, por la cara que ponían, cómo sería el mensaje que les llegaba: ansiosamente esperado si extendían velozmente la mano para hacerse con el sobre con cara ilusionada; de simpática sorpresa si no esperaban noticias y fruncían el gesto; temido si la miraban esquivamente con las manos en los bolsillos, como con ganas de preguntarle si, realmente, era necesario que se adueñaran de aquel mensaje…

Eso fue exactamente lo que hizo Pili cuando Marta llamó a su puerta esa mañana. Desde hacía dos años la joven mantenía una bonita relación epistolar con un apuesto mozo que vivía fuera. La correspondencia entre ambos se había convertido en una alegre rutina de la que Marta se encargaba con gusto. Los sobres, siempre de colores, parecían el preludio de bonitas declaraciones y las dos mujeres bromeaban con cada entrega.

Pero hacía varios meses que el volumen de la correspondencia había menguado. Marta recordaba apenas dos cartas y, esta vez, Pili no sonreía.

__¿Las cosas no van bien?__le preguntó cuando la joven la miró contrariada.

__No, es solo que no la esperaba. Estar lejos es difícil…¿Tengo que quedármela?

Marta no olvidaría aquella pregunta jamás. Le dijo que sí, aunque no era verdad. Tonterías de enamorados, pensó. Pero aquella noche Pili se suicidó con una hoja de papel arrugada entre sus manos: “Lo siento. No puedo seguir contigo” ¿Cómo un mensaje tan corto podía hacer tanto daño? Y en ese mismo instante, sentada delante del café con leche que tomaba todas las mañanas y que ese día era incapaz de ingerir, se le ocurrió. ¿Qué necesidad tenía ella de hacer infeliz a la gente? Nunca más entregaría uno solo de los mensajes que intuyera que podían hacerle daño a nadie.

Dicho y hecho. En la aldea se acabaron las multas, los avisos bancarios, las notificaciones administrativas sospechosas…hasta la madrina de Marta, que dejó de recibir los informes hospitalarios, empezó a sentirse mejor. ¿Que la cartera intuía que en una carta había amor de por medio? Interrogaba sutilmente al destinatario y, si había alguna posibilidad de romper un corazón, el mensaje se quedaba en la mochila.

Durante más de seis meses el pueblo vivió unas deliciosas vacaciones postales. Cada nueva que llegaba a un hogar traía alegría. Y Marta compartía la felicidad de sus vecinos. Pero un día, las numerosas quejas de una sucursal bancaria destaparon el pastel y en media hora estaba despedida. Pero en realidad lo que más miedo le daba era la reacción del pueblo. La sorpresa fue que estos, sorprendidos y algo confusos, decidieron agradecerle esos seis meses de felicidad. Y le propusieron un nuevo puesto al alcalde. Seguro que al ayuntamiento no le vendría mal una persona que asesorara al pueblo para solucionar el papeleo de los mensajes más fatídicos. Para ayudarles a sobrellevarlos. Desde entonces, en la aldea hay un nuevo y original puesto: Consejera Postal Oficial.

Juan P.


25 de mayo de 2012

No tenía tiempo



Al entierro de Jorge solo asistieron su gestor, el albacea del testamento y el director de su sucursal bancaria. Él ya no estaba para eso, pero seguro que ahora se alegra de no haberse cambiado a un banco de esos por Internet. Habría tenido un invitado menos.

Y no es que no tuviera amigos o personas queridas, no. O, bueno, al menos no fue así en el principio. Hubo un tiempo en el que, incluso, llegó a estar casado.

Jorge tenía su trabajo normal, que le daba de comer sin causarle demasiados quebraderos de cabeza. En el trabajo conoció a Nuria, su esposa. Se relacionaba, salía con frecuencia, le gustaban el deporte, el cine, los libros…Es decir, todo lo que, en estos días, se considera normal.

Le abrasaba sin embargo el resquemor de que su profesión no le llenaba, así que empezó a escribir cuentos para una conocida publicación. Al principio, lleno de ideas, los resolvió con facilidad. En media horita tenía su texto y, a cambio, unos euros que le venían de perlas para darse un caprichito de vez en cuando.

Los cuentos empezaban a pesarle, pero como seguía sin estar satisfecho, aceptó otro tipo de trabajos, desde fotógrafo a diseñador, ocupaciones a las que siempre había sido aficionado. Empezó seleccionando, pero luego, sin saber por qué, atendió cada propuesta que le llegaba. Fue entonces cuando comenzaron los problemas.

Tanto trabajo apenas le dejaba tiempo. Empezó a engordar, a perder la forma, porque no podía hacer deporte. Dejó de salir y de leer, porque no tenía tiempo para el ocio. Dejó de atender a Nuria porque no tenía tiempo para su mujer.

Ella aguantó unos meses pero, cuando ya no pudo más, pidió el divorcio. A pesar de que Jorge ganaba un dineral con tanto trabajo, ni siquiera pidió una compensación. Si Jorge se hubiera dado cuenta, se lo habría agradecido, pero no tuvo un segundo. Si hubiera visto sus lágrimas cuando cerró por última vez la puerta de casa…Tampoco pudo, tenía que entregar un cuento.

La cuenta crecía al mismo ritmo que disminuían sus relaciones, sus amigos, sus ratos libres. Con una artrosis crónica en las muñecas por el uso intensivo de ratón y teclado, Jorge iba envejeciendo. Cada mes parecía un año.

Una tarde se sintió mal. Dolor en el brazo izquierdo, ahogo, presión en el pecho. Identificó los síntomas como los de un infarto. Pensó llamar al 112, incluso pensó en llamar a Nuria. Se juró que en cuanto terminara el susto, llamaría.

Cuando puso el punto final, se dispuso a cumplir su promesa, pero no llegó a tiempo. El 112 se presentó en su domicilio al haber recibido una llamada abortada y solo encontró el cuerpo de Jorge sobre el teclado. En la pantalla, su texto póstumo, enviado justo antes del fallecimiento y el extracto de su cuenta corriente, que alcanzaba cifras astronómicas.

En presencia del triste cortejo fúnebre fue enterrado con su libreta de crédito. No se encontró en su casa ningún otro objeto por el que pudiera tener el menor afecto. No le quedó tiempo.

Juan P.


19 de mayo de 2012

Cura de sueño




Javier era un gran soñador. Pero no de esos que sueñan despiertos, que creen en aventuras imposibles y que piensan que alguna vez podrán protagonizar. No, Javier es que se pasaba el día literalmente dormido. Y soñando.

Tenía la gran suerte de recordar siempre lo que soñaba. Eso, unido a su facilidad para echar una cabezadita en los sitios más inesperados, le hacía ser una fábrica de sueños permanente.

Él, la verdad, estaba encantado, porque dormido vivía las cosas que tenía a una distancia sideral; no le gustaba ni un poquito su vida. Sonaba el despertador a las 7 cortándole de raíz algún sueño espectacular. Lo primero era la ducha de cada mañana, la mitad de los días con el agua fría, por su eterno descuido con la bombona de gas. Salir congelado de la ducha, desayunar cuatro galletas secas e ir a trabajar en un autobús atestado no mejoraba para nada sus primeras horas. A veces, con un poco de suerte, le daba tiempo a amodorrarse en el trayecto, pero nunca tanto como para soñar.

Odiaba su oficina. No le gustaba ninguno de sus compañeros. No era la primera vez que había llegado a trabajar pensando que estaría solo porque un misterioso encapuchado se había encargado de todos la noche anterior. Era una de las fantasías que de mejor humor le ponía. Hasta que llegaba y comprobaba que todo seguía igual.

Su sitio era el peor. El sol entraba por la ventana de su izquierda de forma que, aunque cerrara los ojos, siempre nadaba en una luz cegadora. Y Javier, ya nos lo podemos ir imaginando, era más bien un hombre de penumbra. Esa tendencia al sueño empezó a causarle problemas. En el trabajo se quedaba dormido en los servicios. Eso...el día que llegaba, porque cada vez con más frecuencia se dormía en el autobús y se pasaba de parada o, directamente, le pegaba un golpe al despertador, se daba media vuelta y no salía de la cama.

No le quedó más remedio que ir a ver al doctor, que le recomendó, paradójicamente, una cura de sueño. El plan le pareció genial. Dos días enteros durmiendo. ¿Dónde había que firmar?

En 48 horas profundamente dormido, su cabeza fue poco menos que una batidora. Las historias se sucedían a gran velocidad, una tras otra. Hasta las hubo adivinatorias. Cuando despertó, recordaba cada segundo. Repasando cayó en la cuenta de que uno de sus sueños tuvo que ver con la lotería. Vio claramente los números premiados. Salió corriendo de casa y selló su boleto.

A la mañana siguiente, de vuelta al trabajo, lo primero que le vino a la memoria fue otro de los sueños de su cura, uno en el que ponía una persiana a esa ventana que le ahogaba de luz. No supo cómo podía haber sido tan tonto, con lo fácil que era ponerle remedio. Una vez que tuvo su persiana empezó a ser más o menos feliz en la oficina. Durante los diez minutos que sus compañeros empleaban en echar un cigarro, él podía, al fin, dormitar en su esquinita.

Una vez puesta la persiana, se animó a comprobar la combinación ganadora de la loto cada semana. Sonrió. Al menos ya tenía su persiana.

J.P.

12 de mayo de 2012

Malditos ojos




Baja las escaleras apresuradamente y sale de casa a la misma hora, como cada día. La temperatura, como corresponde a un duro día de invierno, hoy es extrema, y el frío y el viento cortan su cara a cada zancada. Camina con paso firme mientras el vaho de su aliento empaña sus gafas de sol. Saluda educadamente a los vecinos que se cruzan a su paso,  pero sus gafas oscuras camuflan una mirada desconocida hasta hoy para todos ellos.

El azar le ha hecho escoger una avenida abarrotada de gente. Todo lo tiene  perfectamente planeado, no será difícil, lo ha preparado meticulosamente en su mente durante meses y nunca dudó de ser capaz de hacerlo. Se quita las gafas lentamente y desenfunda un arma camuflada en su gabardina, el gran día ha llegado mientras  su corazón late con fuerza y el subidón de adrenalina actúa como una droga inhibiendo cualquier sentimiento de piedad.

Descarga todo su odio en cada detonación indiscriminadamente, borracho de sangre derrama a borbotones toda su maldad y la realidad se convierte en el gran escenario de su ira.

Gira sobre si mismo y apunta de nuevo, te descubre mirándolo y clava sus malditos ojos en los tuyos, son sólo décimas de segundos aunque a ti te parezcan una eternidad. Avanza rápido hacia donde te encuentras, no le importa que llores, ni quién eres, ni tu edad, ni tan siquiera a quién puedas dejar atrás.

Pasa todo demasiado rápido, pero el tiempo parece haberse detenido para ti y no tienes capacidad de reacción. Cierras los ojos para esconderte donde su mirada no pueda alcanzarte,  mientras, escuchas varias detonaciones y el golpe sordo de su cuerpo al caer.

Taber

3 de mayo de 2012

Desorden


Mi hija se acercó a mí y me planteó una pregunta interesante:
-Papá, ¿cómo es que las cosas se lían con tanta facilidad?
-¿Qué quieres decir con eso de «liar», cariño?
-Ya sabes, papá, cuando las cosas no son perfectas. Mira como está mi mesa ahora, llena de cosas. Está desordenada. Y, sin embargo, anoche, trabajé duro para que estuviera perfecta. Pero las cosas no permanecen así por mucho tiempo. ¡Se lían con tanta facilidad!
-Muéstrame cómo son las cosas cuando son perfectas- le pedí a mi hija.
Ella respondió moviendo todo lo que había sobre su estantería, colocándolo en posiciones individualmente asignadas. Una vez que hubo terminado, dijo:
-Ahí lo tienes, papá; ahora está todo perfecto. Pero no permanecerá de ese modo.
-¿Y si muevo quince centímetros tu caja de pinturas hacia este lado? –le pregunté- ¿Qué sucede en este caso?
-No papá, ahora ya está liado- contestó ella. De todos modos, la caja tendría que estar recta, y no inclinada como tú la has puesto.
-¿Y si muevo el lápiz desde el lugar donde lo has dejado hasta el siguiente?
-Ahora vuelve a estar desordenado -dijo ella.
-¿Y si el libro estuviera parcialmente abierto? Seguí preguntando.
-¡Eso también estaría desordenado!
-Cariño- dije regresando junto a mi hija-, no es que las cosas se desordenan con facilidad. Lo que sucede es que tú tienes muchas formas de que las cosas se líen, y solamente una para que sean perfectas.

Gregory Bateson

22 de marzo de 2012

Te deseo...



Te deseo primero que ames,
y que amando, también seas amado.
Y que, de no ser así, seas breve en olvidar
y que después de olvidar, no guardes rencores.
Deseo, pues, que no sea así, pero que si es,
sepas ser sin desesperar.
Te deseo también que tengas amigos,
y que, incluso malos e inconsecuentes,
sean valientes y fieles, y que por lo menos
haya uno en quien confiar sin dudar.
Y porque la vida es así,
te deseo también que tengas enemigos.
Ni muchos ni pocos, en la medida exacta,
para que, algunas veces, te cuestiones
tus propias certezas. Y que entre ellos,
haya por lo menos uno que sea justo,
para que no te sientas demasiado seguro.
Te deseo además que seas útil,
más no insustituible.
Y que en los momentos malos,
cuando no quede más nada,
esa utilidad sea suficiente
para mantenerte en pie.
Igualmente, te deseo que seas tolerante,
no con los que se equivocan poco,
porque eso es fácil, sino con los que
se equivocan mucho e irremediablemente
y que haciendo buen uso de esa tolerancia,
sirvas de ejemplo a otros.
Te deseo que siendo joven
no madures demasiado de prisa,
y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer,
y que siendo viejo no te dediques al desespero.
Porque cada edad tiene su placer y su dolor
y es necesario dejar
que fluyan entre nosotros.
Te deseo de paso que seas triste.
No todo el año sino apenas un día.
Pero que en ese día descubras
que la risa diaria es buena,
que la risa habitual es sosa y
la risa constante es malsana.
Te deseo que descubras,
con urgencia máxima,
por encima y a pesar de todo,
que existen, y que te rodean,
seres oprimidos,
tratados con injusticia y personas infelices.
Te deseo que acaricies un perro
alimentes a un pájaro
y oigas a un jilguero erguir triunfante su canto matinal,
porque de esa manera,
sentirás bien por nada.
Deseo también que plantes una semilla,
por mas minúscula que sea,
y la acompañes en su crecimiento,
para que descubras de cuántas vidas
está hecho un árbol.
Te deseo además, que tengas dinero,
porque es necesario ser práctico,
y que por lo menos una vez por año
pongas algo de ese dinero frente a ti y digas
“Esto es mío”
sólo para que quede claro
quien es el dueño de quien.
Te deseo también
que ninguno de tus afectos muera,
pero que si muere alguno,
puedas llorar sin lamentarte y sufrir
sin sentirte culpable.
Te deseo por fin que
siendo hombre, tengas una buena mujer
y que siendo mujer, tengas un buen hombre,
mañana y al día siguiente,
y que cuando estén exhaustos y sonrientes,
hablen sobre amor para recomenzar.
Si todas estas cosas llegaran a pasar
no tengo más nada que desearte.

Victor Hugo

18 de marzo de 2012

Satisfacciones

La primera mirada por la ventana al despertarse
el viejo libro vuelto a encontrar
los rostros entusiasmados
nieve, el cambio de estaciones
el periódico, el perro, la dialéctica
bañarse, nadar, música antigua
zapatos cómodos,
comprender
música nueva
escribir, plantar, viajar, cantar
ser amable.

Bertolt Brecht

9 de marzo de 2012

Cuando calculas...

Cuando calculas los beneficios de tu generosidad,
cuando recueces el corazón en venganza,
cuando maldices todo lo que te rodea,
no busques allí el rostro de Dios.

Cuando pisas al que está por debajo,
cuando te ríes del que no tiene nada que ofrecer,
cuando destierras de tu vida la sonrisa,
mejor que no pronuncies el nombre de Dios.

Cuando haces bromas con los defectos ajenos,
cuando justificas tu comodidad y egoísmo,
cuando quieres reducir a Dios a un teorema,
no ensucies el nombre de Dios.

Dios es amor y Dios se hace amor.
Dios ama y perdona, sonríe y es gratis,
busca y abraza, bendice y acoge.

Dios lo hace todo nuevo,
el cielo y la tierra,
los días y las horas,
también el corazón.

Dios no puede ser un jeroglífico:
un buen amigo siempre es fácil de entender.

All I Ever Wanted / Thunder


22 de febrero de 2012

I´m Gonna Sit Right Down And Write Myself A Letter / Paul McCartney


My Valentine / Paul McCartney


La cabra


La cabra suelta en el huerto
andaba comiendo albahaca.

Toronjil comió después
y después tallos de malva.

Era blanca como un queso,
como la luna era blanca.

Cansada de comer hierbas,
se puso a comer retamas.

Nadie la vio sino Dios.
Mi corazón la miraba.

Ella seguía comiendo
flores y ramas de salvia.

Se puso a balar después,
bajo la clara mañana.

Su balido era en el aire
un agua que no mojaba.

Se fue por el campo fresco,
camino de la montaña.

Se perfumaba de malvas
el viento, cuando balaba.

Oscar Castro

12 de febrero de 2012

El arte de saber equivocarse...


Si no te equivocas de vez en cuando, es que no lo intentas.
Woody Allen
Los únicos errores que cometemos en la vida tienen que ver con las cosas que no hacemos.
Emma Thomson

La mente siempre tiene razón, mientras que el apetito y la imaginación pueden equivocarse.
Aristóteles

La suma de muchos errores puede dar un resultado estupendo.
Gisela Richter

Errar es humano: perseverar voluntariamente en los errores es diabólico.
San Agustín

Si no cometes errores, es que los problemas con los que estás lidiando no son lo suficientemente difíciles. Y ese es un gran error.
Frank Wilczek

Un experto es una persona que ha cometido todos los errores que pueden cometerse en un campo muy reducido.
Niels Henrik David Bohr

No pierdas el tiempo lamentándote de un fracaso. El fracaso es mucho mejor maestro que el éxito. Escucha, aprende y, después, sigue.
Clarissa Pinkola Estés

No encuentres la falta, encuentra el remedio.
Henry Ford

Un hombre nunca debe avergonzarse por reconocer que se equivocó, que es tanto como decir que hoy es más sabio de lo que fue ayer.
Jonathan Swift

3 de febrero de 2012

Madre

Tu mirada de amor
descubre lo que otros no quieren ver.
Tu nobleza
te hace apreciar lo que los demás desprecian.
Tu amor desinteresado
te hace defender a los pequeños
que otros atacan o menosprecian.
Tu presencia
despierta confianza, amor a la vida
y esperanza en un futuro mejor.

27 de enero de 2012

El amor llama

Lucía cargaba en su conciencia con el peso de la culpa. Aunque ella no lo sentía así, alguna gente pensaba que era “un poco ligera de cascos”. Alegre sí, pero hasta ese extremo le parecía exagerado. Por ese pequeño resquemor, cada vez que Lucía veía una pareja apasionada demostrando su amor, no podía evitar sentir cierta ternura.

Le volvió a ocurrir antes de subir al autobús, ante la melosa despedida de una pareja, jóvenes ellos, que se comieron a besos hasta que el coche estuvo a punto de partir. Subió al autobús con una sonrisa tonta, mientras esa chica se enjugaba las lágrimas al sentarse.

Las lágrimas y la sonrisa duraron unos minutos más, justo hasta que ella cogió el móvil para hacer una llamada. Sin quererlo, pegó el oído para enterarse de lo mucho que quería esa niña a quien contestó al otro lado, de lo que lo echaba de menos y de lo feliz que era con él.

A Lucía le pareció un poco exagerado, porque no hacía cinco minutos que lo había dejado en la estación y esa llamada era propia de quienes llevaban meses sin verse. Como hacía tiempo que no experimentaba un amor tan completo y puro, Lucía se encogió de hombros y pensó que eso venía en el paquete de estar enamorado.

No habían pasado ni diez minutos cuando la chica hizo otra llamada en los mismos términos. Un cuarto de hora de arrumacos, frases almibaradas y muchos “tequieeeeeeeros” que debían de estar saturando las líneas telefónicas con su tono empalagoso.

Lo mismo se repitió cada veinte minutos, como mucho cada media hora. Lucía empezaba a estar hasta el gorro del discurso y le parecía que esa presunta ligereza suya, cuanto menos, le sentaba a su cerebro mucho mejor que la sobredosis rosa a la que sometía esa chica al suyo.

Por fin, el viaje llegaba a su fin. Entrando en la ciudad de destino, aún tuvo tiempo para otra ración de cariñitos. El único consuelo que quedaba es que tras cinco horas inaguantables, aquella era la última llamada.

Por puro cotilleo, como un depredador que vigila a su presa, Lucía la siguió con la vista mientras dejaban la estación. Quería asegurarse de que iba bien lejos. En lugar de eso, con infinito asombro, vio cómo esa chica tan enamorada se enganchó al cuello de un joven. Al principio se quedó bloqueada, pensando cómo le habría dado tiempo a su novio a llegar tan rápido hasta la estación de destino y por qué demonios no habían hecho el viaje juntos.

No tardó demasiado en darse cuenta de que esos labios que ahora mordía no eran los mismos que había dejado en la otra estación. No tuvo más remedio que sonreír; porque le invadió de repente un sentimiento de simpatía hacia ella.

Se fue caminando por el vestíbulo mientras pensaba: “Anda, que luego dicen que yo soy una fresca”. Liberada ya de su culpa, fue su turno en el teléfono. Llamó a un amigo al que hacía bastante tiempo que no veía y se citó con él con la promesa íntima de pasárselo muy bien. Después de lo que había visto, lo suyo era de patio de colegio.

J.P.


22 de enero de 2012

Queda prohibido

Queda prohibido llorar sin aprender,
levantarte un día sin saber qué hacer,
tener miedo a tus recuerdos.
Queda prohibido no sonreír a los problemas,
no luchar por lo que quieres,
abandonarlo todo por miedo,
no convertir en realidad tus sueños.
Queda prohibido no demostrar tu amor,
hacer que alguien pague tus deudas y el mal humor.
Queda prohibido dejar a tus amigos,
no intentar comprender lo que vivieron juntos,
llamarles sólo cuando los necesitas.
Queda prohibido no ser tú ante la gente,
fingir ante las personas que no te importan,
hacerte el gracioso con tal de que te recuerden,
olvidar a toda la gente que te quiere.
Queda prohibido no hacer las cosas por ti mismo,
no creer en Dios y hacer tu destino,
tener miedo a la vida y a sus compromisos,
no vivir cada día como si fuera un último suspiro.
Queda prohibido echar a alguien de menos sin
alegrarte, olvidar sus ojos, su risa,
todo porque sus caminos han dejado de abrazarse,
olvidar su pasado y pagarlo con su presente.
Queda prohibido no intentar comprender a las personas,
pensar que sus vidas valen más que la tuya,
no saber que cada uno tiene su camino y su dicha.
Queda prohibido no crear tu historia,
no tener un momento para la gente que te necesita,
no comprender que lo que la vida te da, también te lo quita.
Queda prohibido no buscar tu felicidad,
no vivir tu vida con una actitud positiva,
no pensar en que podemos ser mejores,
no sentir que sin ti este mundo no sería igual.

12 de enero de 2012

Polifemo

El coronel Toledano, por mal nombre Polifemo, era un hombre feroz, que gastaba levita larga, pantalón de cuadros y sombrero de copa de alas anchurosas, reviradas; de estatura gigantesca, paso rígido, imponente; enormes bigotes blancos, voz de trueno y corazón de bronce. Pero aun más que esto, infundía pavor y grima la mirada torva, sedienta de sangre, de su ojo único. El coronel era tuerto. En la guerra de África había dado muerte a muchísimos moros, y se había gozado en arrancarles las entrañas aún palpitantes. Esto creíamos al menos ciegamente todos los chicos que al salir de la escuela íbamos a jugar al parque de San Francisco, en la muy noble y heroica ciudad de Oviedo.

Por allí paseaba también metódicamente los días claros, de doce a dos de la tarde, el implacable guerrero. Desde muy lejos columbrábamos entre los árboles su arrogante figura que infundía espanto en nuestros infantiles corazones; y cuando no, escuchábamos su voz fragorosa, resonando entre el follaje como un torrente que se despeña.

El coronel era sordo también, y no podía hablar sino a gritos.

-Voy a comunicarle a usted un secreto -decía a cualquiera que le acompañase en el paseo-. Mi sobrina Jacinta no quiere casarse con el chico de Navarrete.

Y de este secreto se enteraban cuantos se hallasen a doscientos pasos en redondo.

Paseaba generalmente solo; pero cuando algún amigo se acercaba, hallábalo propicio. Quizás aceptase de buen grado la compañía por tener ocasión de abrir el odre donde guardaba aprisionada su voz potente. Lo cierto es que cuando tenía interlocutor, el parque de San Francisco se estremecía. No era ya un paseo público; entraba en los dominios exclusivos del coronel. El gorjeo de los pájaros, el susurro del viento y el dulce murmurar de las fuentes, todo callaba. No se oía más que el grito imperativo, autoritario, severo, del guerrero de África. De tal modo, que el clérigo que lo acompañaba a tal hora, sólo algunos clérigos acostumbraban a pasear por el parque, parecía estar allí únicamente para abrir, ahora uno, después otro, todos los registros que la voz del coronel poseía. ¡Cuántas veces, oyendo aquellos gritos terribles, fragorosos; viendo su ademán airado y su ojo encendido, pensamos que iba a arrojarse sobre el desgraciado sacerdote que había tenido la imprevisión de acercarse a él!

Este hombre pavoroso tenía un sobrino de ocho o diez años, como nosotros. ¡Desdichado! No podíamos verle en el paseo sin sentir hacia él compasión infinita. Andando el tiempo he visto a un domador de fieras introducir un cordero en la jaula del león. Tal impresión me produjo, como la de Gasparito Toledano paseando con su tío. No entendíamos cómo aquel infeliz muchacho podía conservar el apetito y desempeñar regularmente sus funciones vitales, cómo no enfermaba del corazón o moría consumido por una fiebre lenta. Si transcurrían algunos días sin que apareciese por el parque, la misma duda agitaba nuestros corazones. “¿Se lo habrá merendado ya?” Y cuando al cabo lo hallábamos sano y salvo en cualquier sitio, experimentábamos a la par sorpresa y consuelo. Pero estábamos seguros de que un día u otro concluiría por ser víctima de algún capricho sanguinario de Polifemo.

Lo raro del caso era que Gasparito no ofrecía en su rostro vivaracho aquellos signos de terror y abatimiento, que debían ser los únicos en él impresos. Al contrario, brillaba constantemente en sus ojos una alegría cordial que nos dejaba estupefactos. Cuando iba con su tío, marchaba con la mayor soltura, sonriente, feliz, brincando unas veces, otras compasadamente, llegando su audacia o su inocencia hasta hacernos muecas a espaldas de él. Nos causaba el mismo efecto angustioso que si le viésemos bailar sobre la flecha de la torre de la catedral. “¡Gaspaar!” El aire vibraba y transmitía aquel bramido a los confines del paseo. A nadie de los que allí estábamos nos quedaba el color entero. Sólo Gasparito atendía como si le llamase una sirena. “¿Qué quiere usted, tío?” Y venía hacia él ejecutando algún paso de baile.

Además de este sobrino, el monstruo era poseedor de un perro que debía de vivir en la misma infelicidad, aunque tampoco lo parecía. Era un hermoso danés, de color azulado, grande, suelto, vigoroso, que respondía por el nombre de “Muley”, en recuerdo sin duda de algún moro infeliz sacrificado por su amo. El “Muley”, como Gasparito, vivía en poder de Polifemo lo mismo que en el regazo de una odalisca. Gracioso, juguetón, campechano, incapaz de falsía, era, sin ofender a nadie, el perro menos espantadizo y más tratable de cuantos he conocido en mi vida.

Con estas partes no es milagro que todos los chicos estuviésemos prendados de él. Siempre que era posible hacerlo, sin peligro de que el coronel lo advirtiese, nos disputábamos el honor de regalarle con pan, bizcocho, queso y otras golosinas que nuestras mamás nos daban para merendar. El “Muley” lo aceptaba todo con fingido regocijo, y nos daba muestras inequívocas de simpatía y reconocimiento. Mas a fin de que se vea hasta qué punto eran nobles y desinteresados los sentimientos de este memorable can, y para que sirva de ejemplo perdurable a perros y hombres, diré que no mostraba más afecto a quien más le regalaba. Solía jugar con nosotros algunas veces (en provincias, y en aquel tiempo, entre los niños no existían clases sociales) un pobrecito hospiciano llamado Andrés, que nada podía darle, porque nada tenía. Pues bien, las preferencias de “.Muley” estaban por él. Los rabotazos más vivos, las carocas más subidas y vehementes a él se consagraban, en menoscabo de los demás. ¡Qué ejemplo para cualquier diputado de la mayoría!

¿Adivinaba el “Muley” que aquel niño desvalido, siempre silencioso y triste, necesitaba más de su cariño que nosotros? Lo ignoro; pero así parecería serlo.

Por su parte, Andresito había llegado a concebir una verdadera pasión por este animal. Cuando nos hallábamos jugando en lo más alto del parque al marro o a las chapas, y se presentaba por allí de improviso el “Muley”, ya se sabía, llamaba aparte a Andresito, y se entretenía con él largo rato, como si tuviera que comunicarle algún secreto. La silueta colosal de Polifemo se columbraba allá entre los árboles.

Pero estas entrevistas rápidas y llenas de zozobra fueron sabiéndole a poco al hospiciano. Como un verdadero enamorado, ansiaba disfrutar de la presencia de su ídolo largo rato y a solas.

Por eso una tarde, con osadía increíble, se llevó en presencia nuestra el perro hasta el Hospicio, como en Oviedo se denomina la Inclusa, y no volvió hasta el cabo de una hora. Venía radiante de dicha. El “Muley” parecía también satisfechísimo. Por fortuna, el coronel aún no se había ido del paseo ni advirtió la deserción de su perro.

Repitiéronse una tarde y otra tales escapatorias. La amistad de Andresito y “Muley” se iba consolidando. Andresito no hubiera vacilado en dar su vida por el “Muley”. Si la ocasión se presentase, seguro estoy de que éste no sería menos.

Pero aún no estaba contento el hospiciano. En su mente germinó la idea de llevarse el “Muley” a dormir con él a la Inclusa. Como ayudante que era del cocinero, dormía en uno de los corredores, al lado del cuarto de éste, en un jergón fementido de hoja de maíz. Una tarde condujo el perro al Hospicio y no volvió. ¡Qué noche deliciosa para el desgraciado! No había sentido en su vida otras caricias que las del “Muley”. Los maestros primero, el cocinero después, le habían hablado siempre con el látigo en la mano. Durmieron abrazados como dos novios. Allá al amanecer, el niño sintió el escozor de un palo que el cocinero le había dado en la espalda la tarde anterior. Se despojó de la camisa:

-Mira, “Muley” -dijo en voz baja mostrándole el cardenal.

El perro, más compasivo que el hombre, lamió su carne amoratada.

Luego que abrieron las puertas lo soltó. El “Muley” corrió a casa de su dueño; pero a la tarde ya estaba en el parque dispuesto a seguir a Andresito. Volvieron a dormir juntos aquella noche, y la siguiente, y la otra también. Pero la dicha es breve en este mundo. Andresito era feliz al borde de una sima.

Una tarde, hallándonos todos en apretado grupo jugando a los botones, oímos detrás algo como dos formidables estampidos:

-¡Alto! ¡Alto!

Todas las cabezas se volvieron como movidas por un resorte. Frente a nosotros se alzaba la talla ciclópea del coronel Toledano.

-¿Quién de vosotros es el pilluelo que secuestra mi perro todas las noches, vamos a ver?

Silencio sepulcral en la asamblea. El terror nos tiene clavados, rígidos, como si fuéramos de palo.

Otra vez sonó la trompeta del juicio final.

-¿Quién es el secuestrador? ¿Quién es el bandido? ¿Quién es el miserable ladrón...?

El ojo ardiente de Polifemo nos devoraba a uno en pos de otro. El “Muley", que le acompañaba, nos miraba también con los suyos, leales, inocentes, y movía el rabo vertiginosamente en señal de gran inquietud.

Entonces Andresito, más pálido que la cera, adelantó un paso, y dijo:

-No culpe a nadie, señor. Yo he sido.

-¿Cómo?

-Que he sido yo -repitió el chico en voz más alta.

-¡Hola! ¡Has sido tú! -dijo el coronel sonriendo ferozmente-. ¿Y tú no sabes a quién pertenece este perro?

Andresito permaneció mudo.

-¿No sabes de quién es? -volvió a preguntar a grandes gritos. -Sí, señor.

-¿Cómo... ? Habla más alto.

Y se ponía la mano en la oreja para reforzar su pabellón.

-Que sí, señor.

-¿De quién es, vamos a ver?

-Del señor Polifemo.

Cerré los ojos. Creo que mis compañeros debieron hacer otro tanto.

Cuando los abrí, pensé que Andresito estaría ya borrado del libro de los vivos. No fue así, por fortuna. El coronel lo miraba fijamente, con más curiosidad que cólera.

-¿Y por qué te lo llevas?

-Porque es mi amigo y me quiere -dijo el niño con voz firme.

El coronel volvió a mirarlo fijamente.

-Está bien -dijo al cabo-. ¡Pues cuidado conque otra vez te lo lleves! Si lo haces, ten por seguro que te arranco las orejas.

Y giró majestuosamente sobre los talones. Pero antes de dar un paso se llevó la mano al chaleco, sacó una moneda de medio duro, y dijo volviéndose hacia él:

-Toma, guárdatelo para dulces. ¡Pero cuidado con que vuelvas a secuestrar al perro! ¡Cuidado!

Y se alejó. A los cuatro o cinco pasos ocurriósele volver la cabeza.

Andresito había dejado caer la moneda al suelo, y sollozaba, tapándose la cara con las manos. El coronel se volvió rápidamente.

-¿Estás llorando? ¿Por qué? No llores, hijo mío.

-Porque lo quiero mucho... Porque es el único que me quiere en el mundo -gimió Andrés.

-¿Pues de quién eres hijo? -preguntó el coronel sorprendido.

-Soy de la Inclusa.

-¿Cómo? -gritó Polifemo.

-Soy hospiciano.

Entonces vimos al coronel demudarse. Abalanzose al niño, le separó las manos de la cara, le enjugó las lágrimas con su pañuelo, lo abrazó y lo besó, repitiendo con agitación:

-¡Perdona, hijo mío, perdona! No hagas caso de lo que te he dicho... Yo no lo sabía... Llévate el perro cuando se te antoje... Tenlo contigo el tiempo que quieras, ¿sabes...? Todo el tiempo que quieras...

Y después que lo hubo serenado con estas y otras razones, proferidas con un registro de voz que nosotros no sospechábamos en él, se fue de nuevo al paseo, volviéndose repetidas veces para gritarle:

-Puedes llevártelo cuando quieras, sabes, ¿hijo mío...? Cuando quieras... ¿lo oyes?

Dios me perdone, pero juraría haber visto una lágrima en el ojo sangriento de Polifemo.

Armando Palacio Valdés (1853-1938)

6 de enero de 2012

La noche de los feos

Un cuento de Mario Benedetti

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos - de la mano o del brazo - tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculo mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿que está pasando?", le pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."
"Sí."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"¿Algo como qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.


Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme ( y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados , felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.