26 de diciembre de 2011

El fotógrafo

 
Luis Miguel, fotógrafo apasionado de la naturaleza, vivía absolutamente entregado a su profesión. Por ella se mudó a un pueblecito en las estribaciones de los Pirineos, desde el que tenía a tiro de piedra un maravilloso entorno natural. Por ella se despierta antes del amanecer para poder captar con su objetivo ese momento mágico en el que la luz vuelve a dar visibilidad a las maravillas de la Tierra. Por ella lleva años sin tener una novia que soporte y entienda por qué tener la foto del hayedo de ese día es lo más importante del mundo. “¡Si va a estar exactamente igual mañana y le hiciste otra foto ayer!”, terminó por gritar la última notablemente alterada. De eso hacía ya seis años...

En los primeros meses no pensó mucho en el tema. Es más, aprovechó para llevar a cabo un proyecto que le tenía inquieto desde hacía tiempo: fotografiar el dichoso hayedo desde el mismo sitio, a la misma hora, los 365 días del año. Cumplido el año, el proyecto fue un éxito. Pudo venderlo a una importante revista, montar exposiciones y disfrutar de sus segundos en las televisiones locales. Cumplido el año, también empezó a darse cuenta de que algo echaba de menos.

El tiempo pasaba volando en el monte, cámara a cuestas, pero muy despacio en casa, donde tenía que cargar con la pena, la soledad y el recuerdo de ella saliendo con la maleta. Habría querido hacerle una foto mientras se iba, pero entendió que igual no era el momento.

Llegó el día, siempre llega, en el que no aguantó más y empezó a buscar soluciones. De las pocas mujeres que había en el pueblo no encontraba ninguna que compartiera su afición, aunque quería pensar que la farmacéutica alguna vez se le insinuaba. Empezó a concertar citas a ciegas conseguidas por internet, pero pronto se cansó de volver frustrado a casa.

Haciendo fotos__cómo si no__le vino a la mente la gran idea. Se haría fotógrafo de bodas. “¿No dicen que de una boda sale otra?”, razonó para sí. Luis Miguel se dispuso, pues, a asistir a todas las que pudiera. Cuantas más, mejor.

El trabajo no es que le apasionara, aunque tenía que reconocer que en las ceremonias también se encontraba una curiosa fauna. Entre volantes, gasas y pamelas de vez en cuando se encontraba a la que pudiera ser su media naranja. Entonces se apresuraba a dedicarle toda su atención profesional o no, y le pedía a su ayudante que la iluminara con la máxima delicadeza.

Pasaban los meses y por mucho cariño que pusiera, no consiguió, no ya una cita, sino siquiera un simple flirteo. Había decidido dejar esta estrategia absurda cuando, tras el banquete de la última boda, estaba guardando el equipo en la buhardilla. No es capaz de precisar cómo fue, pero cree que sus manos se juntaron en las patas frías de un trípode. Después sólo es capaz de recordar que se besaron como fieras y que pasaron aquella noche juntos. Desde entonces Luis Miguel y Elsa, antes su ayudante y ahora su socia y esposa, no se han separado. Con el mucho dinero ganado fotografiando enlaces se pagaron una vuelta al mundo de la que volvieron con decenas de miles de fotos, un libro publicado y embarazados. Sobre su estrategia sólo pensó que su versión del refrán era un poco distinta: de 200 bodas sale una. Había merecido la pena la espera.

J.P.

19 de diciembre de 2011

El árbol de Navidad

Autor: Luciano Galbiati
Publicado en la revista española “Ilustración Femenina” en Diciembre de 1958


Llegué frente al portal del que tenía que salir Mariuccia. Pocos momentos después, ella se sentaba en el coche, junto a mí.
__Hola, tesoro__dije, besándola en una mejilla. Mariuccia sonrió. Puse el motor en marcha y me interné en la corriente de coches. El tránsito era intenso.
__Giulio__me dijo de pronto Mariuccia__.¿No te encanta ese aire de fiesta, de gozo? Dentro de tres días, Navidad.
__Sí, sí que me encanta__dije, sin el menor entusiasmo__. Pero desde que mis padres murieron no he vuelto a celebrarla. El año pasado ni siquiera salí de casa.
__El año pasado no me conocías__prosiguió__. Además, esta noche mis padres te esperan. Verás el Belén que hemos hecho entre todos.
__Está bien. Iré a las nueve.
Habíamos llegado frente a su casa y detuve el coche.
__Ahora tengo que marcharme__dijo Mariuccia, apeándose__. Procura ser puntual.


A las nueve en punto estaba allí. Su padre, su madre y sus tres hermanos me tributaron una afectuosa acogida. Me condujeron a la habitación que hasta entonces había sido el despacho del padre y que, en aquel momento, presentaba un curioso aspecto. Dos montañas se enfrentaban entre las cuatro paredes. Una la constituían los muebles (escritorio, butacas, estantes de la librería) y llegaba al techo. La otra estaba construida con papel de embalaje teñido de negro y cubierto de musgo y algodón en rama. Sobre ella se extendía el Belén, que habría hecho morir de envidia a cualquier chiquillo, tal era la cantidad de figurillas que en él campeaban. Y no carecía, como es lógico, de su lago, cuyo fondo era un espejo, su cascada de papel de estaño, un puente, nieve en abundancia...Pero mi asombro llegó al punto culminante cuando apagaron la lámpara central y en el Belén se alumbraron infinidad de lucecillas de colores, que crearon un ambiente realmente sugestivo.
Era de veras un Belén muy bonito, y mis alabanzas, que se dirigieron a todos por igual, eran realmente sinceras. Pero de pronto se me ocurrió preguntar:
__¿No hay árbol de Navidad?
__No, no lo habrá__replicó vivamente el hermano menor, con el aire de quien sabe mucho pero no quiere entrar en detalles.
__El árbol de Navidad es también muy hermoso__insistí, sin imaginar lo que se me echaba encima.
__Claro que lo es__ admitió decididamente el chico__. Pero no lo tenemos aquí.
__¿Y dónde lo tenéis?__pregunté asombrado.
__En la tienda de abajo. Lo tiene el floricultor.
El padre de Mariuccia se decidió a intervenir.
__Vea, querido Giulio, el abeto que les gusta a mis hijos es demasiado caro. Ya se sabe, en esos días se aprovechan y piden cinco o seis mil liras por un arbolito sencillo.
__Tiene razón__dije yo__. Es una tontería tirar el dinero así, con tanto trabajo como cuesta ganarlo.
Me sentí satisfecho de haber pronunciado esa frase, que sin duda había halagado a la madre de Mariuccia, que era muy ahorradora. Pero no habría pasado nada si, de repente, no se me hubiera ocurrido añadir:
__Mañana por la noche, en esta casa habrá el más hermoso abeto de todo Milán.
Los chiquillos aplaudieron sin preguntar cómo ni por qué, y yo miré a Mariuccia, con las manos puestas en los bolsillos de la americana, ufano como un pavo real. Mariuccia se sonrojó y buscaba las palabras para agradecérmelo, pero no le di tiempo:
__Mi abuela, al morir__expliqué__, legó un terreno a mi padre. Allí se crían muchos abetos.
Me había convertido de pronto en el centro de la atención general.
A media noche la madre de Mariuccia miró el reloj. Comprendí cual era mi deber y me despedí de la familia. Quedé sorprendido al ver que Mariuccia bajaba a abrirme el portal sin que, según costumbre, la acompañaran por lo menos dos de sus hermanos. Acercó sus labios a mi oído susurrándome mimosa:
__Mira que si no traes el abeto mañana por la noche, no respondo de la simpatía y afecto que hasta el momento te ha dispensado mi familia.
La besé y salí henchido de orgullo.


Al acostarme di cuerda al despertador y puse la manecilla de la alarma a las cuatro. Antes de dormirme saqué rápidamente la cuenta de lo que me vendría a costar el árbol de Navidad. Tenía que recorrer ochenta kilómetros: diez litros de gasolina, ida y vuelta. En total mil cuatrocientas veinte liras: un verdadero negocio.


A las cuatro, cuando sonó el despertador, había olvidado a Mariuccia, su árbol de Navidad y todo lo demás. Así que extendí el brazo para subsanar lo que se me antojó un capricho del reloj. Desgraciadamente le di un golpe con la mano y lo tiré. Cayó al suelo donde quedó quieto y silencioso. Volví a meter el brazo debajo de las sábanas y me desperté, bien descansado, a las nueve, acordándome inmediatamente de mi compromiso. Entonces la tragedia se me apareció en toda su magnitud: tenía que volar.
A las diez ya estaba en camino. Iba contento. El coche devoraba los kilómetros. Aquella noche habría en casa de Mariuccia el más hermoso abeto que se hubiera visto jamás.
En la recta de Erba a Invértigo pinché. No lo tomé muy a pecho hasta que recordé que no tenía rueda de recambio. La había dejado en Milán para que la repararan. Tuve que decidirme a empujar el coche hasta el primer taller de reparaciones, y allí hay una cuestecita...
A las once y media reanudé el viaje. De pronto empezó a llover. No me sentí muy entusiasmado ante la perspectiva de tener que abatir un árbol bajo la lluvia. Pero, ¿qué podía hacer? ¿Esperar a que cesara? No, mejor poner enseguida manos a la obra. Entonces recordé que no tenía llave de la caseta de herramientas. Bueno, por suerte no se trataba de derribar el árbol mayor de todos. Me acerqué a un abeto pequeñito. A ver... a lo mejor conseguía arrancarlo. Aferré el tronco con ambas manos y empecé a tirar de él. Debía tener buenas raíces porque ni siquiera se movió. “Habré de buscar algo para desarraigarlo”, me dije. Miré a mi alrededor pero nada vi que pudiera serme útil. Al cabo de cierto tiempo de esforzarme en remover el abeto, las rodillas comenzaron a dolerme. La posición resultaba muy incómoda. Me levanté con tal presteza que desgarré el impermeable. Era casi nuevo. Está bien; no tuve más remedio que forzar la cerradura de la caseta.
Cogí una sierra y con ella todo fue distinto. Al cabo de dos minutos, el árbol se me vino encima, derribándome y dejándome el impermeable como para marcharse solo a la tintorería.
Bueno, había tenido que vencer algunos obstáculos, pero ya estaba el árbol a mis pies. Estaba convencido de que resultaría precioso, una vez adornado, en casa de Mariuccia.
Decidí pasar por el pueblo para decirle al cerrajero que arreglara la cerradura inmediatamente, y me dirigí al coche, seguro de haber ganado la batalla. Al llegar frente a él me detuve de golpe. Para que el árbol cupiera tendría que descapotarlo. Miré al cielo. Había dejado de llover. Saqué la capota en un santiamén, pero empleé bastante más en levantar el abeto y colocarlo dentro, cerrando los ojos para no ver los arañazos. Respiré fatigosamente y entonces caí en la cuenta de que mi sitio, frente al volante, estaba casi enteramente ocupado por el árbol.
Por primera vez sentí la tentación de volverlo al sitio de donde lo saqué, lavarme las manos y marcharme tranquilamente. Pero vencí: Mariuccia, sus padres y sus hermanos me estaban esperando.
Corté del modo que me fue posible las ramas que más me molestaban, y con algún trabajo me situé en el asiento. Miré el reloj: las tres. Sobre las cinco podía estar en casa de Mariuccia. No pude evitar el gozar anticipadamente del éxito que ello me proporcionaría. Pero, en cuanto emprendí el regreso, comprendí que corría el peligro de morir helado.
Al primer bar que encontré me bajé a tomar un ponche. Dos kilómetros más abajo me tomé otro, y repetí la hazaña varias veces durante el trayecto. Al llegar a medio camino, y a pesar de estar medio congelado, me sentía bastante alegre. Entonces ocurrió lo imprevisto: el cielo se abrió para dejar caer sobre mí una nieve espesa, de copos descaradamente grandes. Mi paciencia se había colmado. Bajaría el pino y lo dejaría en la cuneta. Sí, estaba decidido a hacerlo, cuando dos chiquillos bien arropados y felices se plantaron ante mí.
__Mira__exclamó uno de ellos__. Ese lleva un árbol de Navidad con nieve verdadera.
Me vi ante Mariuccia con un abeto en brazos, cubierto de nieve real, y pensé que ella tal vez me lo recompensaría con un beso entusiasta, que su madre fingiría no ver, y no tuve el valor de sustraerme a tan halagüeña perspectiva.


Fue una Navidad inolvidable. En efecto: aun cuando han transcurrido cuatro años la recuerdo como si fuera ahora. La acogida de la familia de mi prometida fue entusiasta; superó en mucho mis más rosadas esperanzas. culté mi emoción OO
Oculté mi emoción bajo una máscara de orgullo y modestia a la vez y no dije palabra de mis desventuras. Hoy, sin embargo, yo siento el deseo de confesarme, de contar a alguien cómo acabó el viaje.
Había recorrido una tercera parte del camino cuando oscureció. Engañado por los múltiples reflejos, calculé mal la distancia que me separaba del coche que me precedía y me eché encima de él. Tras un intercambio no muy cortés de puntos de vista, tuve que abonar daños y perjuicios al conductor, que a ojo los valoró en diez mil liras. Para colmo, mientras él se marchaba, yo tuve que llamar por teléfono a un mecánico y aguardar a que viniera a hacerse cargo del coche, que había quedado sin faros. Hube de dirigirme a Milán en tren. Sin abeto, claro.
Desde la estación del Norte, y en taxi, me dirigí a casa de Mariuccia. En cuanto me apeé, sin pensarlo dos veces, compré al floricultor el árbol por el que suspiraba toda la familia. Y me presenté con él, sonriendo. Esa es la verdad. Verdad que nunca supo nadie.
Recuerdo que, unos días después, saqué la cuenta de lo que me había costado el árbol. Bencina: mil quinientas. Remiendo y lavado en seco del impermeable: dos mil quinientas. Factura del cerrajero por arreglar la cerradura de la caseta: mil. Calefacción (ponches): mil doscientas. Liquidación de daños al estúpido a quien embestí: diez mil.
Al mecánico, por arreglos de mi coche: seis mil. Billete del tren: cuatrocientas. Taxis: quinientas. Reparación del despertador: (que desde aquella famosa mañana no ha vuelto a funcionar como es debido): mil. A todo ello, como es natural, hay que añadir el precio del árbol. Total: treinta mil liras.


Ayer mi esposa, Mariuccia, dijo que sería muy hermoso que nuestros hijos tuvieran un árbol de Navidad, grande como el que yo había ido a buscar cuatro años atrás en el terreno que nos legara la abuelita. ¿Me sentiría con ánimos de ir a por él?
Por primera vez desde que nos casamos miré a mi esposa de reojo, y sin contestar, sin siquiera ponerme el abrigo, con la cabeza descubierta, me dirigí a la escalera, la bajé como un muchacho, y corriendo entré en la tienda del floricultor. Diez minutos después, sonriente ante la idea del peligro evitado, estaba otra vez en casa. Algo jadeante, pero con un bellísimo árbol de Navidad.
__Quien sabe lo que habrás pagado por él__dijo Mariuccia.
Contesté rápidamente:
__Poco, puedes tenerlo por seguro. Diez mil liras, ya ves.

11 de diciembre de 2011

El significado de la Navidad cuando envejecemos / Charles Dickens

 

Hubo una época en la que, para la mayoría de nosotros, la Navidad llenaba nuestro pequeño mundo, y lo ocupaba hasta tal punto que no deseábamos nada nuevo ni tampoco echábamos nada de menos. La Navidad reunía nuestras alegrías hogareñas, nuestros afectos y nuestras esperanzas, agrupaba a todos y a cada uno alrededor del hogar navideño y conseguía que la pequeña escena brillara perfecta ante nuestros ojos.


Llegó tal vez demasiado pronto el tiempo en que nuestros pensamientos saltaron esos estrechos límites, cuando llegó a nuestra vida una persona (muy querida, eso pensamos entonces, tan hermosa y absolutamente perfecta), y creímos que ella era absolutamente necesaria para completar la plenitud de nuestra felicidad. Fue el tiempo en que se nos requería también en otro hogar, habitado por esa persona (o al menos así lo creíamos, y actuamos en consecuencia). En aquel tiempo entrelazábamos su nombre en cada corona y guirnalda de nuestra vida.


¡ Esa era  la época de las brillantes y soñadas Navidades que ya se han alejado de nosotros, para mostrarse débilmente, después de las lluvias del verano, en las franjas más pálidas del arco iris! Era la época en la que gozábamos ingenuamente de las cosas que iban a suceder...y que nunca sucedieron. Y, sin embargo, ¡todos aquellos deseos resultaban tan reales entretejidos en nuestras esperanzas que ahora sería difícil decir qué hechos de nuestras vidas han sido más reales!


¡Cómo! ¿Nunca tuvo lugar en realidad esa Navidad en la que dos familias unidas__pero poco antes enfrentadas por nuestra culpa__nos recibían, a nosotros y a nuestra joya de inestimable valor__nuestra elección de juventud__, después de celebrarse el más feliz de los matrimonios completamente imposibles? ¿Nunca existió esa Navidad en la que hermanos y cuñadas__que siempre fueron tan fríos para con nosotros, antes de que nuestro parentesco se verificara__, nos adoraron y nos agasajaron? ¿No existió esa Navidad en la que nuestros padres y madres nos abrumaron con suculentas rentas? ¿Existió realmente alguna vez esa cena de Navidad, después de la cual nos levantamos, y generosa y elocuentemente rendimos honor a nuestro último rival, presente entre los invitados, y allí mismo nos juramos amistad y perdón, y encontramos un afecto que no se conoce ni en la historia griega o romana, perdurable hasta la muerte? ¿Hace mucho que ha dejado de importarle a ese rival nuestra misma joya de inestimable valor? ¿Le ha dejado de importar hasta el punto que después de casarse por dinero acabó siendo un usurero? Pero, sobre todo, ¿estamos seguros ahora, realmente, de que hubiéramos sido desgraciados si nos hubiéramos quedado con esa joya y que vivimos mejor sin ella?


¿Existió esa Navidad en la que, tras adquirir alguna fama y después de que nos llevaran en triunfo por haber hecho algo grande y noble, tras habernos hecho un nombre digno y honorable, cuando regresamos de nuevo al hogar fuimos recibidos en medio de un torrente de lágrimas de alegría? ¿Es posible que esa Navidad no se haya producido?


Y, en estos momentos, en el mejor de los casos, ¿ha llegado nuestra vida a ser de tal modo que, deteniéndonos en este hito del camino, que son estas grandes fiestas de la Navidad, miremos hacia atrás con tanta naturalidad y certeza, y con toda seriedad, hacia las cosas que nunca ocurrieron o a las cosas que fueron y ya se han ido como a las que fueron y existen todavía? Y si es así, y así parece serlo, ¿debemos llegar a la conclusión de que la vida apenas si es mejor que un sueño y de nada valen los amores y los esfuerzos que acumulamos en su transcurso?


¡No! ¡Apartemos lejos de nosotros esa mal llamada filosofía, querido lector, en el día de la Navidad! ¡Acerquemos a nuestro corazón el espíritu de la Navidad que es el espíritu de la utilidad activa, de la perseverancia, del alegre cumplimiento de los deberes, de la bondad y el perdón! Es en estas últimas virtudes especialmente donde las dudosas visiones de nuestra juventud nos fortalecen o deben fortalecernos, porque, ¿quién puede afirmar que no son nuestras maestras a la hora de enfrentarnos a las incontables necedades del mundo?


Por eso, cuando llegamos a cierta edad, debemos estar aún más agradecidos de que el círculo de nuestros recuerdos de Navidad y las nuevas lecciones que aporta se expanda aún más. Demos la bienvenida a cada uno de nuestros recuerdos y emplacémosles a ocupar su lugar junto a la chimenea.


¡Bienvenidas, viejas aspiraciones, brillantes hijas de una ardiente fantasía! ¡Venid y refugiaos aquí, bajo el acebo navideño! Ya os conocemos y aún no os hemos olvidado. ¡Bienvenidos viejos proyectos y viejos amores, incluso los más efímeros, venid a vuestro refugio, entre las luces que arden a nuestro alrededor! ¡Bienvenido todo lo que alguna vez fue real en nuestros corazones! ¡Y que la buena fe lo convierta en real, gracias al Cielo!


¿Por qué no construimos también castillos de Navidad en el aire? Dejemos que nuestros pensamientos, agitándose como mariposas entre estos niños preciosos, lo atestigüen. Delante de estos niños se extiende un futuro aún más brillante que lo que hemos entrevisto en nuestra mejor época romántica, pero más luminoso en honor y verdad. Alrededor de esa cabecita de rizos dorados, las gracias danzan tan bellas, tan alegres, como cuando no había tijeras en el mundo capaces de cortar los rizos de nuestro primer amor. Y en el rostro de esa otra niña, más apacible y de radiante sonrisa, un rostro pequeño, pero sereno y amable, vemos la palabra “Hogar” claramente escrita. ¡Irradiando de esta palabra, como los rayos irradian de una estrella, sentimos la certeza de que, cuando nuestras sepulturas son ya viejas, otras esperanzas son jóvenes, otros corazones distintos de los nuestros se conmueven; y cómo los caminos se allanan; y cómo florecen otras felicidades, y maduran, y se marchitan...¡No, nada de flores marchitas, pues otros hogares y otros grupos de niños, que no existen todavía y que vendrán en años venideros, surgirán, florecerán y madurarán hasta el fin del mundo!


¡Que así sea! ¡Bien está! Bien está lo que ha sido lo que nunca fue y lo que esperamos que pueda ser, y que todo ello encuentre cobijo bajo el acebo, alrededor del fuego de Navidad, donde todo tiene su sitio en el amable corazón. ¿Y si, entre sombras dudosas, vemos furtivamente en las llamas el rostro de algún enemigo? Debemos perdonarle por ser el día de Navidad. Si el daño que nos hizo le permite estar con nosotros, dejémosle acercarse y ocupar su lugar. Si desgraciadamente no es así, dejemos que se aparte, y no lo injuriemos ni lo acusemos.

¡Nada es imposible en Navidad!


__¡Un momento!__dice una voz profunda__. ¿Nada? ¡Piénselo!

__En Navidad, no se le cierra a nadie la puerta. Ni a Nada.

__¿Ni a la sombra de esa vasta Ciudad donde las hojas secas yacen en capas profundas?__pregunta la voz__: ¿Ni a la sombra que oscurece el mundo entero? ¿Ni a la sombra de la Ciudad de la Muerte?

__Ni siquiera a eso. De todos los días del año, el día de Navidad es precisamente cuando volvemos nuestro rostro hacia esa Ciudad, y desde sus silenciosas multitudes traemos hasta nosotros a aquellos a quienes amamos. Ciudad de los Muertos, en el nombre bendito de los cuales estamos aquí reunidos ahora y, en presencia de Quien está aquí, entre nosotros, de acuerdo con la promesa que hicimos, recibiremos y no olvidaremos a aquellos a quienes amamos.


Sí. Podemos adivinar a esos ángeles infantiles, leves, solemnes y maravillosos, entre los niños de verdad, junto al fuego, y nos resulta imposible concebir cómo pudieron alejarse de nosotros. Divirtiendo a los ángeles invisibles, como hacían los patriarcas, los niños que están jugando no son conscientes de estar rodeados de esos invitados; pero nosotros podemos verlos__podemos distinguir un brazo deslumbrante alrededor del cuello de algún amigo favorito, como si fuera la tentación de un amigo perdido__. Entre las figuras celestiales hay una, que fuera un pobre niño deforme en esta vida, que ahora es de una magnífica belleza, a quien su madre se refirió al morir, diciendo cuánto la apenaba dejarle en este mundo, solo, durante tantos años, pues era posible que transcurrieran muchos hasta que volvieran a reunirse, pues en aquel entonces era muy niño. Pero él se fue muy pronto; y lo colocaron sobre el seno materno, y ahora lo lleva de la mano.


Hay un muchacho joven, que cayó en tierras lejanas, sobre la arena cálida bajo un sol ardiente, diciendo: “Decidle a los míos, con todo mi amor, cuánto hubiera deseado besarlos una vez, pero que muero contento, ¡cumpliendo con mi deber!” O ese otro, sobre quien se pueden leer estas palabras: “Por eso, confiamos este cuerpo a las aguas del mar”, y así lo entregaron a los solitarios océanos y continuaron el viaje. O aquel otro, que se tumbó a descansar bajo la fresca sombra de un bosque inmenso, y no despertó ya jamás en este mundo. ¡Qué! ¿Acaso no desean venir en estas fechas a su hogar, desde las arenas, los océanos y los bosques?


Hay también una niña adorable, casi una mujer, que nunca llegaría a serlo, que convirtió la Navidad de un hogar alegre en un día de duelo, y se alejó por un camino sin huellas hasta la Ciudad silenciosa. La recordamos agotada, susurrando débilmente algo que apenas se oye, y hundiéndose en el último sueño. ¡Oh! ¡Mirad su rostro ahora! ¡Mirad su belleza, su serenidad, su juventud inmutable, su felicidad! La hija de Jairo fue devuelta a la vida para morir otra vez, pero ella, más feliz, oyó la misma voz, que le dijo: “Levántate para siempre”.


Tuvimos un amigo, que lo fue desde nuestra edad temprana, con quien a menudo imaginamos los cambios que sobrevendrían en nuestras vidas y alegremente auguramos cómo hablaríamos, caminaríamos, pensaríamos y conversaríamos cuando llegáramos a viejos. Se le destinó una habitación en la Ciudad de la Muerte cuando estaba en la flor de la vida. ¿Debemos cerrarle la puerta de nuestro recuerdo en Navidad? ¿Su amor nos habría olvidado?


Amigo perdido, hijo perdido, padre perdido, hermana, hermano, esposo, esposa, ¡nunca os olvidaremos! Tendréis vuestro lugar abrigado en nuestros corazones navideños y en nuestro hogar de Navidad. Y en esta época de esperanzas inmortales y en el aniversario de la inmortal misericordia, ¡no le cerraremos la puerta a Nadie!


El sol invernal se pone sobre pueblos y ciudades; deja una estela rojiza sobre el mar, como si la Sagrada Huella estuviera fresca sobre el agua. Pocos momentos más y se ocultará por completo. La noche se aproxima y las luces comienzan a brillar en la lejanía. Sobre la ladera de la colina, más allá de la ciudad informe y nebulosa, y en el silencioso refugio de los árboles que cercan el campanario del pueblo, los recuerdos están grabados en piedra, y brotan en flores sencillas, que crecen entre el césped, entrelazadas con enredaderas alrededor de montículos de tierra.


En la ciudad y en el pueblo, las ventanas y las puertas protegen frente al frío, hay buenos montones de leños en la chimenea, rostros alegres, música de voces jóvenes. ¡Que todo lo indigno y falso sea apartado de los lares hogareños, pero admitamos todos los demás recuerdos con ternura y ánimo! Son testigos del tiempo y de toda su consoladora y pacífica certeza; testigos de la historia que une sobre la tierra a los vivos y a los muertos; testigos de la generosa benevolencia y bondad que muchos hombres han tratado de desgarrar en pedazos.



“What Christmas is, as we grow older” se publicó en Household Words en 1851