26 de diciembre de 2011

El fotógrafo

 
Luis Miguel, fotógrafo apasionado de la naturaleza, vivía absolutamente entregado a su profesión. Por ella se mudó a un pueblecito en las estribaciones de los Pirineos, desde el que tenía a tiro de piedra un maravilloso entorno natural. Por ella se despierta antes del amanecer para poder captar con su objetivo ese momento mágico en el que la luz vuelve a dar visibilidad a las maravillas de la Tierra. Por ella lleva años sin tener una novia que soporte y entienda por qué tener la foto del hayedo de ese día es lo más importante del mundo. “¡Si va a estar exactamente igual mañana y le hiciste otra foto ayer!”, terminó por gritar la última notablemente alterada. De eso hacía ya seis años...

En los primeros meses no pensó mucho en el tema. Es más, aprovechó para llevar a cabo un proyecto que le tenía inquieto desde hacía tiempo: fotografiar el dichoso hayedo desde el mismo sitio, a la misma hora, los 365 días del año. Cumplido el año, el proyecto fue un éxito. Pudo venderlo a una importante revista, montar exposiciones y disfrutar de sus segundos en las televisiones locales. Cumplido el año, también empezó a darse cuenta de que algo echaba de menos.

El tiempo pasaba volando en el monte, cámara a cuestas, pero muy despacio en casa, donde tenía que cargar con la pena, la soledad y el recuerdo de ella saliendo con la maleta. Habría querido hacerle una foto mientras se iba, pero entendió que igual no era el momento.

Llegó el día, siempre llega, en el que no aguantó más y empezó a buscar soluciones. De las pocas mujeres que había en el pueblo no encontraba ninguna que compartiera su afición, aunque quería pensar que la farmacéutica alguna vez se le insinuaba. Empezó a concertar citas a ciegas conseguidas por internet, pero pronto se cansó de volver frustrado a casa.

Haciendo fotos__cómo si no__le vino a la mente la gran idea. Se haría fotógrafo de bodas. “¿No dicen que de una boda sale otra?”, razonó para sí. Luis Miguel se dispuso, pues, a asistir a todas las que pudiera. Cuantas más, mejor.

El trabajo no es que le apasionara, aunque tenía que reconocer que en las ceremonias también se encontraba una curiosa fauna. Entre volantes, gasas y pamelas de vez en cuando se encontraba a la que pudiera ser su media naranja. Entonces se apresuraba a dedicarle toda su atención profesional o no, y le pedía a su ayudante que la iluminara con la máxima delicadeza.

Pasaban los meses y por mucho cariño que pusiera, no consiguió, no ya una cita, sino siquiera un simple flirteo. Había decidido dejar esta estrategia absurda cuando, tras el banquete de la última boda, estaba guardando el equipo en la buhardilla. No es capaz de precisar cómo fue, pero cree que sus manos se juntaron en las patas frías de un trípode. Después sólo es capaz de recordar que se besaron como fieras y que pasaron aquella noche juntos. Desde entonces Luis Miguel y Elsa, antes su ayudante y ahora su socia y esposa, no se han separado. Con el mucho dinero ganado fotografiando enlaces se pagaron una vuelta al mundo de la que volvieron con decenas de miles de fotos, un libro publicado y embarazados. Sobre su estrategia sólo pensó que su versión del refrán era un poco distinta: de 200 bodas sale una. Había merecido la pena la espera.

J.P.

19 de diciembre de 2011

El árbol de Navidad

Autor: Luciano Galbiati
Publicado en la revista española “Ilustración Femenina” en Diciembre de 1958


Llegué frente al portal del que tenía que salir Mariuccia. Pocos momentos después, ella se sentaba en el coche, junto a mí.
__Hola, tesoro__dije, besándola en una mejilla. Mariuccia sonrió. Puse el motor en marcha y me interné en la corriente de coches. El tránsito era intenso.
__Giulio__me dijo de pronto Mariuccia__.¿No te encanta ese aire de fiesta, de gozo? Dentro de tres días, Navidad.
__Sí, sí que me encanta__dije, sin el menor entusiasmo__. Pero desde que mis padres murieron no he vuelto a celebrarla. El año pasado ni siquiera salí de casa.
__El año pasado no me conocías__prosiguió__. Además, esta noche mis padres te esperan. Verás el Belén que hemos hecho entre todos.
__Está bien. Iré a las nueve.
Habíamos llegado frente a su casa y detuve el coche.
__Ahora tengo que marcharme__dijo Mariuccia, apeándose__. Procura ser puntual.


A las nueve en punto estaba allí. Su padre, su madre y sus tres hermanos me tributaron una afectuosa acogida. Me condujeron a la habitación que hasta entonces había sido el despacho del padre y que, en aquel momento, presentaba un curioso aspecto. Dos montañas se enfrentaban entre las cuatro paredes. Una la constituían los muebles (escritorio, butacas, estantes de la librería) y llegaba al techo. La otra estaba construida con papel de embalaje teñido de negro y cubierto de musgo y algodón en rama. Sobre ella se extendía el Belén, que habría hecho morir de envidia a cualquier chiquillo, tal era la cantidad de figurillas que en él campeaban. Y no carecía, como es lógico, de su lago, cuyo fondo era un espejo, su cascada de papel de estaño, un puente, nieve en abundancia...Pero mi asombro llegó al punto culminante cuando apagaron la lámpara central y en el Belén se alumbraron infinidad de lucecillas de colores, que crearon un ambiente realmente sugestivo.
Era de veras un Belén muy bonito, y mis alabanzas, que se dirigieron a todos por igual, eran realmente sinceras. Pero de pronto se me ocurrió preguntar:
__¿No hay árbol de Navidad?
__No, no lo habrá__replicó vivamente el hermano menor, con el aire de quien sabe mucho pero no quiere entrar en detalles.
__El árbol de Navidad es también muy hermoso__insistí, sin imaginar lo que se me echaba encima.
__Claro que lo es__ admitió decididamente el chico__. Pero no lo tenemos aquí.
__¿Y dónde lo tenéis?__pregunté asombrado.
__En la tienda de abajo. Lo tiene el floricultor.
El padre de Mariuccia se decidió a intervenir.
__Vea, querido Giulio, el abeto que les gusta a mis hijos es demasiado caro. Ya se sabe, en esos días se aprovechan y piden cinco o seis mil liras por un arbolito sencillo.
__Tiene razón__dije yo__. Es una tontería tirar el dinero así, con tanto trabajo como cuesta ganarlo.
Me sentí satisfecho de haber pronunciado esa frase, que sin duda había halagado a la madre de Mariuccia, que era muy ahorradora. Pero no habría pasado nada si, de repente, no se me hubiera ocurrido añadir:
__Mañana por la noche, en esta casa habrá el más hermoso abeto de todo Milán.
Los chiquillos aplaudieron sin preguntar cómo ni por qué, y yo miré a Mariuccia, con las manos puestas en los bolsillos de la americana, ufano como un pavo real. Mariuccia se sonrojó y buscaba las palabras para agradecérmelo, pero no le di tiempo:
__Mi abuela, al morir__expliqué__, legó un terreno a mi padre. Allí se crían muchos abetos.
Me había convertido de pronto en el centro de la atención general.
A media noche la madre de Mariuccia miró el reloj. Comprendí cual era mi deber y me despedí de la familia. Quedé sorprendido al ver que Mariuccia bajaba a abrirme el portal sin que, según costumbre, la acompañaran por lo menos dos de sus hermanos. Acercó sus labios a mi oído susurrándome mimosa:
__Mira que si no traes el abeto mañana por la noche, no respondo de la simpatía y afecto que hasta el momento te ha dispensado mi familia.
La besé y salí henchido de orgullo.


Al acostarme di cuerda al despertador y puse la manecilla de la alarma a las cuatro. Antes de dormirme saqué rápidamente la cuenta de lo que me vendría a costar el árbol de Navidad. Tenía que recorrer ochenta kilómetros: diez litros de gasolina, ida y vuelta. En total mil cuatrocientas veinte liras: un verdadero negocio.


A las cuatro, cuando sonó el despertador, había olvidado a Mariuccia, su árbol de Navidad y todo lo demás. Así que extendí el brazo para subsanar lo que se me antojó un capricho del reloj. Desgraciadamente le di un golpe con la mano y lo tiré. Cayó al suelo donde quedó quieto y silencioso. Volví a meter el brazo debajo de las sábanas y me desperté, bien descansado, a las nueve, acordándome inmediatamente de mi compromiso. Entonces la tragedia se me apareció en toda su magnitud: tenía que volar.
A las diez ya estaba en camino. Iba contento. El coche devoraba los kilómetros. Aquella noche habría en casa de Mariuccia el más hermoso abeto que se hubiera visto jamás.
En la recta de Erba a Invértigo pinché. No lo tomé muy a pecho hasta que recordé que no tenía rueda de recambio. La había dejado en Milán para que la repararan. Tuve que decidirme a empujar el coche hasta el primer taller de reparaciones, y allí hay una cuestecita...
A las once y media reanudé el viaje. De pronto empezó a llover. No me sentí muy entusiasmado ante la perspectiva de tener que abatir un árbol bajo la lluvia. Pero, ¿qué podía hacer? ¿Esperar a que cesara? No, mejor poner enseguida manos a la obra. Entonces recordé que no tenía llave de la caseta de herramientas. Bueno, por suerte no se trataba de derribar el árbol mayor de todos. Me acerqué a un abeto pequeñito. A ver... a lo mejor conseguía arrancarlo. Aferré el tronco con ambas manos y empecé a tirar de él. Debía tener buenas raíces porque ni siquiera se movió. “Habré de buscar algo para desarraigarlo”, me dije. Miré a mi alrededor pero nada vi que pudiera serme útil. Al cabo de cierto tiempo de esforzarme en remover el abeto, las rodillas comenzaron a dolerme. La posición resultaba muy incómoda. Me levanté con tal presteza que desgarré el impermeable. Era casi nuevo. Está bien; no tuve más remedio que forzar la cerradura de la caseta.
Cogí una sierra y con ella todo fue distinto. Al cabo de dos minutos, el árbol se me vino encima, derribándome y dejándome el impermeable como para marcharse solo a la tintorería.
Bueno, había tenido que vencer algunos obstáculos, pero ya estaba el árbol a mis pies. Estaba convencido de que resultaría precioso, una vez adornado, en casa de Mariuccia.
Decidí pasar por el pueblo para decirle al cerrajero que arreglara la cerradura inmediatamente, y me dirigí al coche, seguro de haber ganado la batalla. Al llegar frente a él me detuve de golpe. Para que el árbol cupiera tendría que descapotarlo. Miré al cielo. Había dejado de llover. Saqué la capota en un santiamén, pero empleé bastante más en levantar el abeto y colocarlo dentro, cerrando los ojos para no ver los arañazos. Respiré fatigosamente y entonces caí en la cuenta de que mi sitio, frente al volante, estaba casi enteramente ocupado por el árbol.
Por primera vez sentí la tentación de volverlo al sitio de donde lo saqué, lavarme las manos y marcharme tranquilamente. Pero vencí: Mariuccia, sus padres y sus hermanos me estaban esperando.
Corté del modo que me fue posible las ramas que más me molestaban, y con algún trabajo me situé en el asiento. Miré el reloj: las tres. Sobre las cinco podía estar en casa de Mariuccia. No pude evitar el gozar anticipadamente del éxito que ello me proporcionaría. Pero, en cuanto emprendí el regreso, comprendí que corría el peligro de morir helado.
Al primer bar que encontré me bajé a tomar un ponche. Dos kilómetros más abajo me tomé otro, y repetí la hazaña varias veces durante el trayecto. Al llegar a medio camino, y a pesar de estar medio congelado, me sentía bastante alegre. Entonces ocurrió lo imprevisto: el cielo se abrió para dejar caer sobre mí una nieve espesa, de copos descaradamente grandes. Mi paciencia se había colmado. Bajaría el pino y lo dejaría en la cuneta. Sí, estaba decidido a hacerlo, cuando dos chiquillos bien arropados y felices se plantaron ante mí.
__Mira__exclamó uno de ellos__. Ese lleva un árbol de Navidad con nieve verdadera.
Me vi ante Mariuccia con un abeto en brazos, cubierto de nieve real, y pensé que ella tal vez me lo recompensaría con un beso entusiasta, que su madre fingiría no ver, y no tuve el valor de sustraerme a tan halagüeña perspectiva.


Fue una Navidad inolvidable. En efecto: aun cuando han transcurrido cuatro años la recuerdo como si fuera ahora. La acogida de la familia de mi prometida fue entusiasta; superó en mucho mis más rosadas esperanzas. culté mi emoción OO
Oculté mi emoción bajo una máscara de orgullo y modestia a la vez y no dije palabra de mis desventuras. Hoy, sin embargo, yo siento el deseo de confesarme, de contar a alguien cómo acabó el viaje.
Había recorrido una tercera parte del camino cuando oscureció. Engañado por los múltiples reflejos, calculé mal la distancia que me separaba del coche que me precedía y me eché encima de él. Tras un intercambio no muy cortés de puntos de vista, tuve que abonar daños y perjuicios al conductor, que a ojo los valoró en diez mil liras. Para colmo, mientras él se marchaba, yo tuve que llamar por teléfono a un mecánico y aguardar a que viniera a hacerse cargo del coche, que había quedado sin faros. Hube de dirigirme a Milán en tren. Sin abeto, claro.
Desde la estación del Norte, y en taxi, me dirigí a casa de Mariuccia. En cuanto me apeé, sin pensarlo dos veces, compré al floricultor el árbol por el que suspiraba toda la familia. Y me presenté con él, sonriendo. Esa es la verdad. Verdad que nunca supo nadie.
Recuerdo que, unos días después, saqué la cuenta de lo que me había costado el árbol. Bencina: mil quinientas. Remiendo y lavado en seco del impermeable: dos mil quinientas. Factura del cerrajero por arreglar la cerradura de la caseta: mil. Calefacción (ponches): mil doscientas. Liquidación de daños al estúpido a quien embestí: diez mil.
Al mecánico, por arreglos de mi coche: seis mil. Billete del tren: cuatrocientas. Taxis: quinientas. Reparación del despertador: (que desde aquella famosa mañana no ha vuelto a funcionar como es debido): mil. A todo ello, como es natural, hay que añadir el precio del árbol. Total: treinta mil liras.


Ayer mi esposa, Mariuccia, dijo que sería muy hermoso que nuestros hijos tuvieran un árbol de Navidad, grande como el que yo había ido a buscar cuatro años atrás en el terreno que nos legara la abuelita. ¿Me sentiría con ánimos de ir a por él?
Por primera vez desde que nos casamos miré a mi esposa de reojo, y sin contestar, sin siquiera ponerme el abrigo, con la cabeza descubierta, me dirigí a la escalera, la bajé como un muchacho, y corriendo entré en la tienda del floricultor. Diez minutos después, sonriente ante la idea del peligro evitado, estaba otra vez en casa. Algo jadeante, pero con un bellísimo árbol de Navidad.
__Quien sabe lo que habrás pagado por él__dijo Mariuccia.
Contesté rápidamente:
__Poco, puedes tenerlo por seguro. Diez mil liras, ya ves.

11 de diciembre de 2011

El significado de la Navidad cuando envejecemos / Charles Dickens

 

Hubo una época en la que, para la mayoría de nosotros, la Navidad llenaba nuestro pequeño mundo, y lo ocupaba hasta tal punto que no deseábamos nada nuevo ni tampoco echábamos nada de menos. La Navidad reunía nuestras alegrías hogareñas, nuestros afectos y nuestras esperanzas, agrupaba a todos y a cada uno alrededor del hogar navideño y conseguía que la pequeña escena brillara perfecta ante nuestros ojos.


Llegó tal vez demasiado pronto el tiempo en que nuestros pensamientos saltaron esos estrechos límites, cuando llegó a nuestra vida una persona (muy querida, eso pensamos entonces, tan hermosa y absolutamente perfecta), y creímos que ella era absolutamente necesaria para completar la plenitud de nuestra felicidad. Fue el tiempo en que se nos requería también en otro hogar, habitado por esa persona (o al menos así lo creíamos, y actuamos en consecuencia). En aquel tiempo entrelazábamos su nombre en cada corona y guirnalda de nuestra vida.


¡ Esa era  la época de las brillantes y soñadas Navidades que ya se han alejado de nosotros, para mostrarse débilmente, después de las lluvias del verano, en las franjas más pálidas del arco iris! Era la época en la que gozábamos ingenuamente de las cosas que iban a suceder...y que nunca sucedieron. Y, sin embargo, ¡todos aquellos deseos resultaban tan reales entretejidos en nuestras esperanzas que ahora sería difícil decir qué hechos de nuestras vidas han sido más reales!


¡Cómo! ¿Nunca tuvo lugar en realidad esa Navidad en la que dos familias unidas__pero poco antes enfrentadas por nuestra culpa__nos recibían, a nosotros y a nuestra joya de inestimable valor__nuestra elección de juventud__, después de celebrarse el más feliz de los matrimonios completamente imposibles? ¿Nunca existió esa Navidad en la que hermanos y cuñadas__que siempre fueron tan fríos para con nosotros, antes de que nuestro parentesco se verificara__, nos adoraron y nos agasajaron? ¿No existió esa Navidad en la que nuestros padres y madres nos abrumaron con suculentas rentas? ¿Existió realmente alguna vez esa cena de Navidad, después de la cual nos levantamos, y generosa y elocuentemente rendimos honor a nuestro último rival, presente entre los invitados, y allí mismo nos juramos amistad y perdón, y encontramos un afecto que no se conoce ni en la historia griega o romana, perdurable hasta la muerte? ¿Hace mucho que ha dejado de importarle a ese rival nuestra misma joya de inestimable valor? ¿Le ha dejado de importar hasta el punto que después de casarse por dinero acabó siendo un usurero? Pero, sobre todo, ¿estamos seguros ahora, realmente, de que hubiéramos sido desgraciados si nos hubiéramos quedado con esa joya y que vivimos mejor sin ella?


¿Existió esa Navidad en la que, tras adquirir alguna fama y después de que nos llevaran en triunfo por haber hecho algo grande y noble, tras habernos hecho un nombre digno y honorable, cuando regresamos de nuevo al hogar fuimos recibidos en medio de un torrente de lágrimas de alegría? ¿Es posible que esa Navidad no se haya producido?


Y, en estos momentos, en el mejor de los casos, ¿ha llegado nuestra vida a ser de tal modo que, deteniéndonos en este hito del camino, que son estas grandes fiestas de la Navidad, miremos hacia atrás con tanta naturalidad y certeza, y con toda seriedad, hacia las cosas que nunca ocurrieron o a las cosas que fueron y ya se han ido como a las que fueron y existen todavía? Y si es así, y así parece serlo, ¿debemos llegar a la conclusión de que la vida apenas si es mejor que un sueño y de nada valen los amores y los esfuerzos que acumulamos en su transcurso?


¡No! ¡Apartemos lejos de nosotros esa mal llamada filosofía, querido lector, en el día de la Navidad! ¡Acerquemos a nuestro corazón el espíritu de la Navidad que es el espíritu de la utilidad activa, de la perseverancia, del alegre cumplimiento de los deberes, de la bondad y el perdón! Es en estas últimas virtudes especialmente donde las dudosas visiones de nuestra juventud nos fortalecen o deben fortalecernos, porque, ¿quién puede afirmar que no son nuestras maestras a la hora de enfrentarnos a las incontables necedades del mundo?


Por eso, cuando llegamos a cierta edad, debemos estar aún más agradecidos de que el círculo de nuestros recuerdos de Navidad y las nuevas lecciones que aporta se expanda aún más. Demos la bienvenida a cada uno de nuestros recuerdos y emplacémosles a ocupar su lugar junto a la chimenea.


¡Bienvenidas, viejas aspiraciones, brillantes hijas de una ardiente fantasía! ¡Venid y refugiaos aquí, bajo el acebo navideño! Ya os conocemos y aún no os hemos olvidado. ¡Bienvenidos viejos proyectos y viejos amores, incluso los más efímeros, venid a vuestro refugio, entre las luces que arden a nuestro alrededor! ¡Bienvenido todo lo que alguna vez fue real en nuestros corazones! ¡Y que la buena fe lo convierta en real, gracias al Cielo!


¿Por qué no construimos también castillos de Navidad en el aire? Dejemos que nuestros pensamientos, agitándose como mariposas entre estos niños preciosos, lo atestigüen. Delante de estos niños se extiende un futuro aún más brillante que lo que hemos entrevisto en nuestra mejor época romántica, pero más luminoso en honor y verdad. Alrededor de esa cabecita de rizos dorados, las gracias danzan tan bellas, tan alegres, como cuando no había tijeras en el mundo capaces de cortar los rizos de nuestro primer amor. Y en el rostro de esa otra niña, más apacible y de radiante sonrisa, un rostro pequeño, pero sereno y amable, vemos la palabra “Hogar” claramente escrita. ¡Irradiando de esta palabra, como los rayos irradian de una estrella, sentimos la certeza de que, cuando nuestras sepulturas son ya viejas, otras esperanzas son jóvenes, otros corazones distintos de los nuestros se conmueven; y cómo los caminos se allanan; y cómo florecen otras felicidades, y maduran, y se marchitan...¡No, nada de flores marchitas, pues otros hogares y otros grupos de niños, que no existen todavía y que vendrán en años venideros, surgirán, florecerán y madurarán hasta el fin del mundo!


¡Que así sea! ¡Bien está! Bien está lo que ha sido lo que nunca fue y lo que esperamos que pueda ser, y que todo ello encuentre cobijo bajo el acebo, alrededor del fuego de Navidad, donde todo tiene su sitio en el amable corazón. ¿Y si, entre sombras dudosas, vemos furtivamente en las llamas el rostro de algún enemigo? Debemos perdonarle por ser el día de Navidad. Si el daño que nos hizo le permite estar con nosotros, dejémosle acercarse y ocupar su lugar. Si desgraciadamente no es así, dejemos que se aparte, y no lo injuriemos ni lo acusemos.

¡Nada es imposible en Navidad!


__¡Un momento!__dice una voz profunda__. ¿Nada? ¡Piénselo!

__En Navidad, no se le cierra a nadie la puerta. Ni a Nada.

__¿Ni a la sombra de esa vasta Ciudad donde las hojas secas yacen en capas profundas?__pregunta la voz__: ¿Ni a la sombra que oscurece el mundo entero? ¿Ni a la sombra de la Ciudad de la Muerte?

__Ni siquiera a eso. De todos los días del año, el día de Navidad es precisamente cuando volvemos nuestro rostro hacia esa Ciudad, y desde sus silenciosas multitudes traemos hasta nosotros a aquellos a quienes amamos. Ciudad de los Muertos, en el nombre bendito de los cuales estamos aquí reunidos ahora y, en presencia de Quien está aquí, entre nosotros, de acuerdo con la promesa que hicimos, recibiremos y no olvidaremos a aquellos a quienes amamos.


Sí. Podemos adivinar a esos ángeles infantiles, leves, solemnes y maravillosos, entre los niños de verdad, junto al fuego, y nos resulta imposible concebir cómo pudieron alejarse de nosotros. Divirtiendo a los ángeles invisibles, como hacían los patriarcas, los niños que están jugando no son conscientes de estar rodeados de esos invitados; pero nosotros podemos verlos__podemos distinguir un brazo deslumbrante alrededor del cuello de algún amigo favorito, como si fuera la tentación de un amigo perdido__. Entre las figuras celestiales hay una, que fuera un pobre niño deforme en esta vida, que ahora es de una magnífica belleza, a quien su madre se refirió al morir, diciendo cuánto la apenaba dejarle en este mundo, solo, durante tantos años, pues era posible que transcurrieran muchos hasta que volvieran a reunirse, pues en aquel entonces era muy niño. Pero él se fue muy pronto; y lo colocaron sobre el seno materno, y ahora lo lleva de la mano.


Hay un muchacho joven, que cayó en tierras lejanas, sobre la arena cálida bajo un sol ardiente, diciendo: “Decidle a los míos, con todo mi amor, cuánto hubiera deseado besarlos una vez, pero que muero contento, ¡cumpliendo con mi deber!” O ese otro, sobre quien se pueden leer estas palabras: “Por eso, confiamos este cuerpo a las aguas del mar”, y así lo entregaron a los solitarios océanos y continuaron el viaje. O aquel otro, que se tumbó a descansar bajo la fresca sombra de un bosque inmenso, y no despertó ya jamás en este mundo. ¡Qué! ¿Acaso no desean venir en estas fechas a su hogar, desde las arenas, los océanos y los bosques?


Hay también una niña adorable, casi una mujer, que nunca llegaría a serlo, que convirtió la Navidad de un hogar alegre en un día de duelo, y se alejó por un camino sin huellas hasta la Ciudad silenciosa. La recordamos agotada, susurrando débilmente algo que apenas se oye, y hundiéndose en el último sueño. ¡Oh! ¡Mirad su rostro ahora! ¡Mirad su belleza, su serenidad, su juventud inmutable, su felicidad! La hija de Jairo fue devuelta a la vida para morir otra vez, pero ella, más feliz, oyó la misma voz, que le dijo: “Levántate para siempre”.


Tuvimos un amigo, que lo fue desde nuestra edad temprana, con quien a menudo imaginamos los cambios que sobrevendrían en nuestras vidas y alegremente auguramos cómo hablaríamos, caminaríamos, pensaríamos y conversaríamos cuando llegáramos a viejos. Se le destinó una habitación en la Ciudad de la Muerte cuando estaba en la flor de la vida. ¿Debemos cerrarle la puerta de nuestro recuerdo en Navidad? ¿Su amor nos habría olvidado?


Amigo perdido, hijo perdido, padre perdido, hermana, hermano, esposo, esposa, ¡nunca os olvidaremos! Tendréis vuestro lugar abrigado en nuestros corazones navideños y en nuestro hogar de Navidad. Y en esta época de esperanzas inmortales y en el aniversario de la inmortal misericordia, ¡no le cerraremos la puerta a Nadie!


El sol invernal se pone sobre pueblos y ciudades; deja una estela rojiza sobre el mar, como si la Sagrada Huella estuviera fresca sobre el agua. Pocos momentos más y se ocultará por completo. La noche se aproxima y las luces comienzan a brillar en la lejanía. Sobre la ladera de la colina, más allá de la ciudad informe y nebulosa, y en el silencioso refugio de los árboles que cercan el campanario del pueblo, los recuerdos están grabados en piedra, y brotan en flores sencillas, que crecen entre el césped, entrelazadas con enredaderas alrededor de montículos de tierra.


En la ciudad y en el pueblo, las ventanas y las puertas protegen frente al frío, hay buenos montones de leños en la chimenea, rostros alegres, música de voces jóvenes. ¡Que todo lo indigno y falso sea apartado de los lares hogareños, pero admitamos todos los demás recuerdos con ternura y ánimo! Son testigos del tiempo y de toda su consoladora y pacífica certeza; testigos de la historia que une sobre la tierra a los vivos y a los muertos; testigos de la generosa benevolencia y bondad que muchos hombres han tratado de desgarrar en pedazos.



“What Christmas is, as we grow older” se publicó en Household Words en 1851

23 de noviembre de 2011

El cartero

 
No fue hace mucho cuando empezaron a llegar esas cartas: sobres de colores, decorados siempre con corazones y flores. Al principio a todos los empleados les picó la curiosidad. Ahora ya se habían acostumbrado y les daban el mismo triste trato que a las facturas del banco. Todos menos uno. El cartero encargado de repartirlas cada día era el único que aún se conmovía.

Le parecía raro, además, en un pueblo tan pequeño, no conocer a la afortunada y ni siquiera haberla visto una vez. Empezó a sentir la necesidad de saber para quién eran esas cartas, quién suscitaba un amor tan laborioso y constante. No se le ocurrió más estrategia que empezar a esperar en la puerta a que alguien saliera de la casa.

Los primeros días no tuvo suerte, pero al tercero o el cuarto se encontró de frente con la que, desde ese momento, se convirtió en un problema. Andrea, pelirroja, con una sonrisa deliciosa en la que bailaban sus muchas pecas, abrió la puerta y al ver al cartero parado en la acera le preguntó si no había nada para el 2º D.

Balbuceando, perdido entre esas pecas, Ramiro rebuscó en el cofre con manos torpes las cartas que llevaba toda la mañana deseando entregar. Cuando las encontró las puso al alcance de Andrea mientras trató de hacer algún comentario que se le tropezaba una y otra vez en la lengua. Ella sonrió un poco más todavía y, cogiendo las dos cartas, se dio la vuelta dejando a Ramiro tan parado como lo había encontrado.

Tardó aún algunos segundos en reaccionar. Primero salió del aturdimiento de haberse topado con aquella belleza risueña. Después supo que se había enamorado. Inmediatamente llegó a la conclusión de que no tenía sentido, pues esta chica, que recibía a diario estas misivas, difícilmente iba a estar por la labor de cambiar de amante.

Los días pasaron, pero no el estado de Ramiro, que, encima, tenía que cargar con las cartas del rival. El asunto le tenía frito, pero a pesar de su desesperanza, cada vez hacía más por encontrarse con la destinataria. Tampoco a ella le pasó inadvertido el interés y se fue acercando un poquito más hasta que ya, asombrada por su escasa iniciativa, no tuvo más remedio que asaltarlo: “Bueno, ¿qué? ¿Es que no piensas pedirme que vaya contigo al cine o a tomar una copa?”.

La sorpresa fue mayúscula y la lengua de Ramiro se volvió otra vez de trapo. “Pero, ¿y las cartas? ¿No estás saliendo con ese tal Emilio que las firma?”. La risa franca de Andrea lo desconcertó un poco: “¿Las cartas? ¿Era por las cartas?”.

Con más calma, Andrea le explicó que ni una sola de esas cartas era para ella. De los datos del sobre sólo coincidía la dirección, el nombre jamás fue el suyo. Andrea se las quedaba porque le hacían gracia. Sentía que eso no llegara nunca a su destino, pero gracias a ellas, le dijo, había conocido al hombre que de verdad le gustaba. Ramiro aún estuvo a punto de preguntar quién era ese afortunado. Por suerte se dio cuenta antes de soltar el disparate y cuando abrió la boca ya sólo citó a Andrea para las seis, la hora a la que pasaría a buscarla.

Las pecas de Andrea se fueron saltando y Ramiro, igual que el día que la conoció, necesitó unos minutos para recuperarse de esta última entrega. La mejor.

J.P.

Blue Monday / New Order

30 de octubre de 2011

Sé todos los cuentos

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.

León Felipe

Halloween


En mis comienzos con internet, casi todas mis búsquedas en Google tenían el mismo objetivo: información y curiosidades sobre toda clase de animales domésticos, especialmente de los conejos holandeses enanos, que cómo sabéis es la mascota que actualmente tenemos en casa.
En una de estas búsquedas di con una curiosa historia sobre un conejito enano llamado Halloween. Hace mucho tiempo de este hallazgo y he buscado la historia cómo más o menos recuerdo lo hice entonces, pero no me ha sido posible dar con ella. Así que os la contaré yo.
Una joven pareja compró a muy buen precio una bonita casa, aunque tenía unos años, en un tranquilo barrio de su ciudad. La casa contaba con dos plantas y una buhardilla y necesitó pequeñas reformas que se realizaron viviendo la pareja ya en la casa. Terminadas las obras y con todo en orden los dos habitantes de la casa comenzaron a escuchar unos ruidos que procedían de la buhardilla. Pensaron que serían pájaros formando sus nidos...o quizás una familia de ratas. Así que se decidió de común acuerdo  dedicar un fin de semana a limpiar y poner orden en el desván; lo cierto es que habían estado los dos demasiado ocupados con el resto de la casa y sus respectivos quehaceres que esta tarea se les había pasado por alto.
Comprobaron que la trampilla de acceso estaba atascada, lo que reafirmó sus sospechas sobre la existencia de pájaros o  ratas. Al asomar la cabeza y echar el primer vistazo, le pareció a Marcos ver a un ratón de dimensiones enormes correr asustado a esconderse debido al ruido de la trampilla al abrirse. Con una linterna, entró en la buhardilla dirigiéndose con cuidado y  recelo, al rincón donde se había escondido el gran ratón. Apartó unas viejas tablas y...el temido ratón gigante resultó ser un conejo enano más asustado que su descubridor!
Marcos y María se quedaron con la imprevista mascota que encontraron un domingo de finales de Octubre...por lo que la llamaron Halloween.
Días más tarde, les informaron los vecinos, que todos estaban enterados de la existencia del animalito en la casa...y que incluso le habían dejado comida en sus terrazas para cuando salía de su escondrijo a buscarla!

Gloriana

La Criatura del Desván

La primera noticia de la criatura del desván surgió cuando uno de los niños subió a buscar un viejo libro. Todo estaba oscuro, pero entre las sombras pudo ver claramente dos ojos que le miraban fijamente, desde lo alto, con gesto terrible. Eran dos ojos grandes, separados casi un metro, lo que daba idea del tamaño de la cabeza de aquel horrible ser, que se lanzó hacia el niño. Este gritó a todo pulmón, cerró la puerta con llave, y dejó al monstruo gruñendo en el desván.
Durante dos días el pueblo vivió aterrorizado. Los gruñidos del desván y los aporreos de la puerta continuaron, y las noticias de las crueldades de aquel "bicho" se extendían por todas partes. El número de tragedias y desgracias aumentaba, pero nadie tenía valor para subir al desván y plantar cara a la bestia.
Al poco pasó por allí un pescador noruego, cuyo barco ballenero había naufragado días atrás; parecía un auténtico lobo de mar indomable, un tipo duro; y aprovechando que conocía el idioma, los hombres del lugar le pidieron su ayuda para enfrentarse a la horrible criatura. El noruego no dudó en hacerlo a cambio de unas monedas, pero cuando al acercarse al desván escuchó los gruñidos de la bestia, torció el gesto, y bajando las escaleras pidió mucho más dinero, algunas herramientas, una gran red y un carro, pues si triunfaba quería llevarse aquel ser como trofeo.
A todo accedieron los del pueblo, que vieron cómo el noruego abría la puerta y desaparecía entre gritos profundos y estremecedores que cesaron al poco rato. Nunca más volvieron a ver al noruego ni a escuchar a la bestia. Tampoco nadie se atrevió a subir de nuevo al desván.
¿Queréis saber qué ocurrió tras la puerta? ¿Seguro?
Cuando el noruego abrió, pudo ver el ojo de Olav, su enorme y bravo timonel. El ojo se veía también reflejado en un espejo, dando la impresión de pertenecer a la misma cabeza, porque el otro ojo de Olav llevaba años cubierto por un parche. Ambos siguieron hablaron a gritos en su idioma, mientras el ballenero le contaba a su encerrado amigo que aquellas miedosas gentes le habían dado tanto dinero que podrían volver a tomar un barco y dedicarse a la pesca. Juntos encontraron la forma de escapar del desván, subir al carro y desaparecer para siempre.
Y así, el miedo, y sólo el miedo, empobreció a todo el pueblo y permitió recuperarse a los pescadores. Tal y como sigue ocurriendo hoy con muchas de nuestras cosas, en las que un miedo sin sentido nos lleva a hacer tonterías, e incluso permite a otros aprovecharse de ello.

Pedro Pablo Sacristán

26 de octubre de 2011

Ladrón

 


“Ladrón, soy ladrón”. Inma se quedó un poco sorprendida cuando Paco le dijo aquello nada más conocerse. Se lo tomó a broma porque no le cabía en la cabeza que ninguna persona sensata, por muy ladrón que fuera, se presentara así en la primera cita.

Pasaron las semanas y con ellas fue llegando un enamoramiento furibundo, de esos que la gente cree que sólo ocurren en las películas o en los relatos. Inma le recordaba a Paco de tarde en tarde que alguna vez tenía que decirle qué hacía de verdad para ganarse la vida. Él invariablemente repetía que ya se lo había dicho, que era un ladrón.

Siguió pasando el tiempo y, a pesar de que las evidencias apuntaban a que la verdadera profesión de Paco era la que llevaba meses proclamando, Inma no quería darse cuenta de que Paco tenía todo el tiempo libre del mundo, de que para comprar las cosas que compraba y vivir en la casa que vivía llegaban muy pocos trabajos verdaderamente honrados.

Una tarde recibió una llamada. Era él, que le informaba con la voz más seria que le había oído jamás de que estaba en la cárcel y que necesitaba verla. Inma no daba crédito a lo que escuchaba al otro lado del aparato. Como broma le parecía muy pesada y así se lo hizo saber. Él insistía nervioso en que fuera lo más rápidamente posible. Al final cedió aunque pensaba que antes de llegar al tétrico recinto él la abordaría con una preciosa sorpresa que le quitaría el mal sabor de boca.

Llegó hasta la puerta y no le quedó más remedio que entrar y empezar a hacerse a la idea. Pocos minutos hicieron falta para que sus ojos dieran fe de lo que su cerebro no quería ver. Paco, esposado y desaliñado, apareció en la sala de visitas.

Siguió yendo a verlo cada día sin que terminara de aclararse nada en su interior...hasta que entendió que no tenía derecho a reprocharle nada. Él jamás mintió. Así que, si de un ladrón se enamoró, tendría que asumirlo con todas sus consecuencias. Desde que tomó esa decisión todo fue mucho mejor.

Tanto, que Paco salió con la condicional y buscó un empleo convencional. Cuando Inma le preguntaba medio en broma por su profesión, Paco contestaba con fingido orgullo: “Oficinista, soy oficinista”.

Y estaba muy bien eso de la oficina, daba mucha tranquilidad, pero a cambio les dejaba muy poco tiempo para los dos y una amargura que no tenía nada que ver con la alegría con la que vivían antes de la desafortunada captura.

Inma pensó mucho lo que iba a decirle, pero es que este Paco de traje y corbata no era el suyo. Ella conoció a una persona muy diferente y de esa persona es de quien se había enamorado. “Oye, Paco, ya sé que esto es arriesgado pero, ¿y si volvieras a tu antigua profesión?”.

Nada pudo hacerle más feliz a él, que aguantaba la pantomima por ella. Recuperó su carrera con éxito y sin incidentes hasta la edad de la jubilación. Al llegar ésta le quedó la pensión mínima porque, ya se entiende, los ladrones no cotizan demasiado a la Seguridad Social. Por suerte, de tantos esfuerzos le quedaron unos buenos ahorros y, de vez en cuando, para matar el gusanillo, hacía alguna chapucilla. “¿A qué te dedicas, amor?”. “Soy ladrón”.


J.P.

23 de octubre de 2011

Las estrellas de mar

Cierto día, caminando por la playa reparé en un hombre que se agachaba a cada momento, recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar. Hacía lo mismo una y otra vez.

Tan pronto como me aproximé me di cuenta de que lo que el hombre agarraba eran estrellas de mar que las olas depositaban en la arena, y una a una las arrojaba de nuevo al mar.

Intrigado, lo interrogué sobre lo que estaba haciendo, a lo cual me respondió:

__Estoy lanzando estas estrellas marinas nuevamente al océano. Como ves, la marea es baja y estas estrellas han quedado en la orilla, si no las arrojo al mar, morirán aquí por falta de oxígeno.

__Entiendo, le dije, pero debe haber miles de estrellas de mar sobre la playa. No puedes lanzarlas a todas. Son demasiadas. Y quizás no te des cuenta de que esto sucede probablemente en cientos de playas a lo largo de la costa ¿no estás haciendo algo que no tiene sentido?

El nativo sonrió, se inclinó y tomó una estrella marina y mientras la lanzaba de vuelta al mar me respondió:

__¡Para ésta sí la tuvo!

13 de octubre de 2011

Una vida de nada

 
Ella siempre pensó que él la besó justo antes de subirse a aquel tren. Él siempre soñó que la había besado, pero jamás se creyó capaz de haberlo hecho. Con el sabor dulce de los labios de él en los suyos Elena pasó 25 años esperando. Pensando en ese sabor, Gerardo vivió una vida llena de nada.

No llegaron a conocerse nunca. Desde que ambos tenían conciencia el otro ya estaba allí. No hubo un primer saludo, no hubo un apretón de manos ni dos besos. Tampoco un flechazo, una señal fulminante de que aquellos corazones estaban rendidos sin remedio el uno al otro. Sin embargo, los dos sabían perfectamente que se amaban hace mucho, desde el comienzo de los tiempos.

Los padres de Elena eran los dueños del edificio en el que vivían ambos. Al final de cada mes los padres de Gerardo ingresaban en su cuenta una cantidad de dinero que les hacía la vida imposible hasta la llegada del sueldo siguiente cuando volvía a empezar el carrusel de estrecheces. A veces miraban pasar con un poco de rabia a sus caseros cuando salían del garaje con sus bólidos, siempre como nuevos. Cuando Gerardo los veía no se fijaba en el coche. Sus ojos sólo tenían tiempo de detenerse en Elena, que ocupaba con su deliciosa sonrisa todo el asiento trasero.

Los dos niños crecieron, siguieron siendo amigos, enamorados sin saberlo. O sin quererlo. La  casualidad los llevó al mismo trabajo. A él como oficinista raso y a ella como supervisora de la agencia. A nadie más le daba tanta alegría ver entrar a la jefa. Cada mañana pensaba en decirle algo bonito, algo agradable, sorprendente. Cada mañana llegaba a la oficina con un piropo insuperable que jamás salió de su lengua. Por muy estudiado que llevara el discurso, no era capaz de pasar de un escueto “buenos días”.

Todos se daban cuenta de aquella aventura inexistente, pero nadie lo manifestaba. Si no lo hacían ellos, para qué molestarse. Una mañana, Elena anunció su compromiso con una de las fortunas de la ciudad. Gerardo, sin anunciar nada, sólo quería morirse. En lugar de eso, fue un poco más práctico y pidió a la compañía su destierro a la oficina más lejana.

Así pasaron 25 años. Los mismos que Gerardo tardó en alcanzar su jubilación, considerar cicatrizada su herida y volver al mismo barrio en el que conoció a Elena. A los pocos días de llegar, la empresa, según su código de buen trato a los trabajadores, le ofreció una fiesta por su retiro.

No le hacía mucha gracia al jubilado, pero aceptó sin rechistar la insignia de oro y brillantes que se le ofrecía, además del pequeño ágape en las oficinas centrales de la compañía. Allí estaba ella.

Su mesa seguía en el mismo despacho luminoso de siempre. Los demás pensaban que la luz nacía de las ventanas. Sólo Gerardo sabía que no había más origen que la sonrisa de Elena. Las fotos de su familia miraban el reencuentro en silencio sobre la mesa. Los dos se unieron en ese silencio.

Elena, susurrando, se atrevió a romperlo: “¿Por qué me besaste y no volviste a recogerme?”. La luz salió por una vez de la sonrisa de Gerardo. Se encogió de hombros, se dio la vuelta y se fue despacio. Nunca más habló con ella, nunca más la vio. No volvió a hacerle falta después de saber que 25 años atrás la había besado. El sabor dulce de los labios de Elena ya nunca se fue de sus labios. En un solo segundo se llenaron de sentido tantos años de nada. Qué fácil habría sido haberlo hablado.

J.P.

10 de octubre de 2011

La ocasión


La cita era a las 16:30 h. Manuel llegaba tarde. El anuncio publicado en Segundamano era realmente atractivo: un apartamento en buena zona y con un alquiler bastante barato. Manuel pensó que serían cientos los jóvenes que buscaban algo así. La cita para verlo era en la misma puerta del apartamento, el  6º B.”Y, para colmo, el ascensor no baja. ¡Bastante me he retrasado ya con la avería del coche!” Odiaba llegar tarde a cualquier cita, pero con más razón en este caso. “¡Las cinco y veinte!, seguro que me encuentro con treinta personas que quieren ver el piso”.
El ascensor llegó al sexto y se abrió a un luminoso patio interior. Al otro lado, estaba el 6º B. Manuel vio allí reunidas a una docena de personas. Estuvo a punto de volverse atrás. “¡Vaya horas de llegar! ¡Y encima el último!” Todos parecían impacientes. Los observó sin ser visto. Trató de adivinar las parejas que formaban. Entonces, se fijó en ella: apartada, un tanto al margen de la conversación general. Pero muy atenta, como observando. Aquella chica atrajo su atención de un modo irresistible. Aquel rostro tan perfecto, su figura...Nunca había sentido una atracción tan irracional. Se dijo a sí mismo, para tranquilizarse, que sólo era curiosidad. Trató de pensar pero, cuando se dio cuenta, ya estaba ante el grupo.
La conversación cesó y todos se volvieron hacia el recién llegado. Manuel, a duras penas, articuló un saludo: “¿Todos estáis para el apartamento?” Una rubia estirada que parecía ser la que más tiempo llevaba esperando, le respondió amenazadora: “¿No serás tú, precisamente, el que viene a enseñarnos el piso, verdad?” Manuel sintió todos los ojos clavados en él y sopesó la respuesta: “Pues no, claro que no”. Intentó forzar una sonrisa. “¿Qué pasa?” “¿Es que no ha aparecido nadie?” Un coro de voces respondió de manera airada.
Al poco, el tono se calmó y la conversación general se olvidó de Manuel, que aprovechó para irse aproximando hasta situarse cerca de la atrayente desconocida. Ella le devolvió la sonrisa. “¿No estarás tú la primera, verdad?” “No, me temo que no. Yo también he  llegado tarde”. Parecía apenada por la idea de perder el apartamento. Manuel deseó más que nunca devolverle la alegría. “Y puedo hacerlo”, pensó. Algo en la mirada de ella invitaba a seguir la conversación, un tanto al margen de los demás, mientras se miraban y empezaban a conocerse.
Manuel se dio cuenta al cabo de un rato de que se habían ido quedando solos a la puerta del apartamento. Uno tras otro, los demás habían renunciado a seguir esperando. Cuando al fin quedaron solos, ella y él, ambos sentían como si se conocieran desde hacía ya mucho tiempo. Entonces, Manuel creyó que había llegado el momento de hacerle una confesión. Con una sonrisa en la boca le dijo: “Hay algo que tengo que decirte: en realidad, yo me quedé por ti”. Ella le devolvió la sonrisa: “Pues hay algo que debo confesarte, yo también –dijo sacando las llaves del bolso--. Pero antes, ¿no quieres ver el apartamento?”.


P.C. Campoamor.

3 de octubre de 2011

El diagnóstico y la terapeuta

El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas. A los enfermos, cualquiera nos reconoce.
Hondas ojeras nos delatan que jamás dormimos, despabilados noche tras noche por los abrazos, o por la ausencia de los abrazos, y padecemos fiebres devastadoras y sentimos una irresistible necesidad de decir estupideces.
El amor se puede provocar, dejando caer un puñadito de polvo de quereme, como al descuido, en el café o en la sopa o el trago. Se puede provocar, pero no se puede impedir. No lo impide el agua bendita, ni lo impide el polvo de hostia; tampoco el diente de ajo sirve para nada. El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las brujas. No hay decreto de gobierno que pueda con él, ni pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas pregonen, en los mercados, infalibles brebajes con garantía y todo.

Eduardo Galeano

21 de septiembre de 2011

Lilas en la noche



La puerta se abría segundos antes de que llegara a tocar el timbre. Un intenso aroma a lilas, inundaba el descansillo y Jorge entraba en la casa; en cuanto se alejaba de la puerta, ésta se cerraba dejándolo perdido en un amplio recibidor mal alumbrado por varias lamparillas. Frente a él se abría un pasillo, también en penumbra, que desembocaba en una estancia desde donde ella lo llamaba con un susurro; hablaba en voz baja, para entenderla era necesario acercarse, y su perfume de lilas, que llenaba la casa, se colaba por todos los poros de la piel de quien estuviera a su lado, atrapándolo.
Ahora el perfume se mezclaba con un murmullo y él sabía, sin llegar a escuchar su nombre, que ella lo llamaba; Jorge recorría el pasillo hasta encontrarla de pie, en el centro del salón, recortándose contra la poca luz que dejaban pasar las persianas entornadas. Le tendía una copa de cristal tallado, llena de un licor oscuro y, con un gesto de su mano, lo invitaba a beber. Jorge sentía cómo el líquido espeso y dulzón caía por su garganta, ella se giraba y la última imagen que el joven conservaba luego era la de su oscura melena cayéndole sobre la espalda.
Entonces, despertaba envuelto en sudor y con una sensación empalagosa en la boca. El sueño se repetía noche tras noche, dejando un rastro del intenso aroma a lilas flotando en el cuarto; al principio culpó a una mala cena, luego, al estrés, al calor del verano, a una película, a un libro...a cualquier cosa. Pero, al llegar la noche, su preocupación crecía, temía cerrar los ojos y regresar a aquella casa y, a la vez, deseaba hacerlo para saber quién era esa mujer que no podía olvidar.
De día se descubría persiguiendo, entre las jóvenes que se cruzaban en su camino, el perfume y la silueta del sueño. Buscó ayuda en la ciencia médica y en otro tipo de consultas menos científicas, pero ni una ni otras le dieron respuesta.
Terminó convenciéndose de que la clave estaba en su sueño, debería intervenir en él. Como aquellas veces que de niño se acostaba diciéndose que no tendría pesadillas, una noche se acostó convencido de poder hacerlo y, cuando el sueño llegó, rechazó la copa de licor. La mujer se acercó más para ofrecérsela y, antes de que pudiera ver el rostro despertó...El aroma a lilas había abandonado su dormitorio. No volvió a repetirse el sueño, ni a oler el perfume hasta días después.
Un camión de mudanzas ocupaba su calle y muebles y cajas dificultaban el paso. El portero explicaba a un vecino que, por fin, se vendía el primero A: el tiempo había borrado el recuerdo de la desgracia ocurrida a su propietaria y, ahora, sus herederos de deshacían de aquella carga.
Jorge no atendió los cotilleos pero, al pasar junto a la puerta abierta del piso en cuestión, se arrepintió de no haberlo hecho. De la oscuridad del pasillo, por encima del olor a cerrado, un intenso aroma a lilas se escapaba llegando hasta él.


R. País.

17 de septiembre de 2011

Amor a primera vista

La única razón por la que vine es para decirte…que sí…que te quiero a mi lado.
Tus ojos me miran con cariño…y vos también me gustas, así que lo mejor es ir al grano… ¿no te parece?
Lo que me da miedo es la convivencia. Hace mucho que estoy sola y tengo mis manías, seguro que también tendrás las tuyas ¿No?
Pero lo que más me perturba es verte tan joven, me da un poco de miedo.
Me va a costar seguirte el tren, salidas, comidas, pero bueno…es tu mirada, la que no puedo olvidar, tus ojos tienen una gran tristeza.
Desde que te conocí, no he podido dejar de pensar en vos en cómo me mirabas, despertaste algo que estaba dormido en mi corazón.
Anoche no dormí pensando en vos. Las dudas y el miedo de cometer un error me tuvo insomne.
Vos no sos el primero en mi vida, con los otros me llevé siempre bien, espero que esta nueva convivencia nos haga felices a los dos. Otra cosa que me perturba es tu tamaño, yo no alcanzo al metro sesenta y vos tan imponente...


-Señora, ¿qué necesita? Preguntó el vendedor a la mujer que parecía embobada con Dingo.
-Me enamoré del perro de polícia, me lo llevo, es tan dulce, ¿Cuántos meses tiene?

María Rosa Alfano

13 de septiembre de 2011

Tú serás mi relevo

 
La actividad laboral en el inmenso edificio que dominaba el corazón de los negocios en la gran capital, comenzaba a cesar. El fin de semana estaba encima y todo el mundo deseaba escaparse de la dura realidad durante un par de días, y Luis de Losada no era una excepción. Deseaba que el reloj marcase las tres de la tarde para salir raudo del “monstruo de hormigón”, como él definía al lugar donde trabajaba.
Sin embargo, a estas horas quedaban ya pocas personas. Y entre ellos se encontraba el propio Luis que, justo cuando se preparaba para salir, recordó que tenía que terminar de repasar un par de temas, pues el lunes debían de estar perfectamente listos en el despacho de su jefe.
El trabajo extra duró más de lo que en un principio calculó, así que cuando se disponía a coger el ascensor, a eso de las siete de la tarde, tan solo pudo ver en su planta al servicio de limpieza.
Luis de Losada cogió el ascensor, absorto en sus pensamientos y comenzó a descender los diecisiete pisos que le separaban de la salida. Cuando estaba a punto de llegar al bajo, las luces del ascensor se apagaron y repentinamente el ascensor se paró: __¡Vaya! Lo que me faltaba. ¡Quedarme encerrado en el ascensor!, comentó en voz alta, mientras pulsaba una y otra vez el botón de arranque.
Tras un par de minutos sumido en la oscuridad, el ascensor siguió su marcha. Luis de Losada se aproximó a la puerta, pero el ascensor no paró en el bajo:__Bueno, alguien lo habrá pulsado desde el garaje. El ascensor siguió bajando, primero el “menos uno”, luego el “menos dos” y tampoco paró: Pero ¡si no hay más de dos plantas de garaje! Justo en el momento que pensaba estas palabras, sintió que el ascensor descendía vertiginosamente. Percibió que el corazón se le salía por la boca, producto de la brusca bajada e instantáneamente notó que perdía el conocimiento.
Cuando se despertó, la puerta del ascensor estaba abierta. Palpó los botones del ascensor y se cercioró de que efectivamente estaba más debajo de lo que los botones indicaban:__¡Dios, qué mareo! ¿Dónde estoy? Con gran preocupación se asomó a la puerta del elevador. Miró hacia un lado y otro, para encontrarse con una pared a su derecha. Sólo había un estrecho pasillo mal iluminado que parecía no tener fin. Pulsó varios botones para intentar ascender, pero ninguno respondía a sus órdenes:__Es muy extraño todo esto. No sé como he llegado hasta aquí, pero lo peor es que no sé como voy a salir, se decía para sí mientras encendía un cigarrillo.
Por fin tomó una dirección, que parecía ser la única, y avanzó por el pasillo con mucha cautela. Un poco más adelante, el pasillo aún se estrechó más y tuvo que ayudarse con el mechero, pues la oscuridad era casi total. Al cabo de unos minutos, le pareció distinguir una luz. En efecto, a medida que se acercaba al fin del pasillo la luz se hacía más fuerte. Con extrema prudencia, Luis llegó al final y se encontró con que la luz que le servía de referencia no era sino el reflejo provocado por algo que ardía dentro de una enorme caldera. Junto a ésta, la espalda encorvada de un corpulento individuo, que se afanaba en lanzar paletadas de carbón sobre las fauces de la caldera. De repente, el individuo cesó su trabajo y, sin volver la espalda, habló a Luis de Losada:__Después de tantos años, has llegado. Luis se quedó asombrado ante tales palabras:__¿Quién es usted? El hombre no parecía prestar atención a sus requerimientos:__Pensé que nadie bajaría nunca.
Luis empezó a sudar. Sin tiempo para reaccionar, el hombre se abalanzó sobre su persona y agarrándole por la pechera, le condujo a la boca de la caldera. El calor era insoportable, y Luis pensó que así debía ser el infierno.


El individuo cogió una cadena sujeta al muro y encadenó la pierna de Luis de Losada mientras le decía con satisfacción:__Cuanto antes aprendas, mejor. Hay que echar el carbón el oleadas.
Cada cinco o seis paladas, esperas unos minutos. La vieja fábrica siempre tiene que estar funcionando...
Luis palideció. No comprendía nada. Quería respuestas. Tras varios intentos de conversación, por fin comprendió:__¿Marcharte, dices? No puedo dejarte marchar. Eres mi sustituto. Por fin descansaré. Y ahora ¡trabaja!.
Luis de Losada se sentía impotente, como Hansel y Gretel atrapados por la bruja. No supo las horas que pasó en la caldera, pero fueron las suficientes como para trazar mil planes para huir. Tenía que actuar. Y actuó.


Fue justo cuando el individuo acercó un saco de carbón. Luis de Losada levantó sobre su cabeza la pala de cargar y la estrelló sobre la espalda del hombre. Aprovechando su semiinconsciencia, cogió las llaves del bolsillo, se quitó el grillete y corrió como alma que lleva el diablo.
El retorno por el estrecho pasillo fue uno de los momentos más angustiosos de su vida. Por detrás oía los gritos de furia del hombre, que ya había iniciado su persecución...
La ventaja se estrechaba por momentos, algo que Luis de Losada no entendía pues corría con todas sus fuerzas y era mucho más joven que el hombre. Por fin divisó el final del pasillo. En un lado, el ascensor seguía con la puerta abierta. Luis se metió en el elevador rogando a Dios para que funcionase. Y funcionó. En el momento que se cerraban las puertas, escuchó los jadeos del hombre y los golpes con sus puños:__¡No puedes escaparte, eres mi sustituto! (...)
Cuando Luis llegó a la planta baja, no recordaba nada, tan sólo una extraña sensación de vacío en su interior. Posiblemente, Luis nunca recuerde qué ocurrió. Pero alguien sigue esperando más abajo del sótano a que otra persona le sustituya.


M. SQUARE.

1 de septiembre de 2011

If...

Si puedes mantener en su lugar tu cabeza cuando todos a tu alrededor,
han perdido la suya y te culpan de ello.
Si crees en ti mismo cuando todo el mundo duda de ti,
pero también dejas lugar a sus dudas.
Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no te domina el odio,
y aún así no pareces demasiado bueno o demasiado sabio.

Si puedes soñar y no hacer de los sueños tu amo;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo.
Si puedes conocer el triunfo y la derrota,
y tratar de la misma manera a esos dos impostores.
Si puedes soportar oír toda la verdad que has dicho,
tergiversada por malhechores para engañar a los necios.
O ver cómo se rompe todo lo que has creado en tu vida,
y agacharte para reconstruirlo con herramientas maltrechas.

Si puedes amontonar todo lo que has ganado
y arriesgarlo todo a un sólo lanzamiento;
y perderlo, y empezar de nuevo desde el principio
y no decir ni una palabra sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón y tus nervios y tus tendones,
para seguir adelante mucho después de haber perdido,
y resistir cuando no haya nada en ti
salvo la voluntad que te dice: "Resiste!"

Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
O caminar junto a reyes, y no perder el distanciar de los demás.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar ese minuto,
con sesenta segundos que mereció la pena recorrer...
Todo lo que hay sobre La Tierra será tuyo,
y lo que es más: serás un hombre, hijo mío.


Rudyard Kipling

30 de agosto de 2011

Bean Fields by Penguin Cafe Orchestra

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Animales raros o peculiares

young grizzly vs wolves

The Wolves

CATS VS DOGS

.::Perros y Gatos Graciosos::.

23 de julio de 2011

Vivir feliz

Vivir Feliz

* Observa el amanecer por lo menos una vez al año.

* Estrecha la mano con firmeza, y mira a la gente de frente a los ojos.

* Ten un buen equipo de música.

* Elige a un socio de la misma manera que elegirías a un compañero de tenis: busca que sea fuerte donde tú eres débil y viceversa.

* Desconfía de los fanfarrones: nadie alardea de lo que le sobra.

* Recuerda los cumpleaños de la gente que te importa.

* Evita a las personas negativas; siempre tienen un problema para cada solución.

* Maneja autos que no sean muy caros, pero date el gusto de tener una buena casa.

* Nunca existe una segunda oportunidad para causar una buena primera impresión.

* No hagas comentarios sobre el peso de una persona, ni le digas a alguien que está perdiendo el pelo. Ya lo sabe.

* Recuerda que se logra más de las personas por medio del estímulo que del reproche (dile al débil que es fuerte y lo verás cobrar fuerza).

* Anímate a presentarte ante alguien que te cae bien simplemente con una sonrisa y diciendo: Mi nombre es fulano de tal… todavía no nos han presentado.

* Nunca amenaces si no estás dispuesto a cumplir.

* Muestra respeto extra por las personas que hacen el trabajo más pesado.

* Haz lo que sea correcto, sin importar lo que otros piensen.

* Dale una mano a tu hijo cada vez que tengas la oportunidad. Llegará el momento en que ya no te dejará hacerlo.

* Aprende a mirar a la gente desde sus sandalias y no desde las tuyas. Ubica tus pretensiones en el marco de tus posibilidades.

* Recuerda el viejo proverbio: Sin deudas, sin peligro.

* No hay nada más difícil que responder a las preguntas de los necios.

* Aprende a compartir con los demás y descubre la alegría de ser útil a tu prójimo. (El que no vive para servir, no sirve para vivir).

* Acude a tus compromisos a tiempo. La puntualidad es el respeto por el tiempo ajeno.

* Confía en Dios, pero cierra tu auto con llave.

* Recuerda que el gran amor y el gran desafío incluyen también 'el gran riesgo'.

* Nunca confundas riqueza con éxito.

* No pierdas nunca el sentido del humor y aprende a reírte de tus propios defectos.

* No esperes que otro sepa lo que quieres si no lo dices.

* Aunque tengas una posición holgada, haz que tus hijos paguen parte de sus estudios.

* Trata a tus empleados con el mismo respeto con que tratas a tus clientes.

* No olvides que el silencio es a veces la mejor respuesta.

* No deseches una buena idea porque no te gusta de quien viene.

* Nunca compres un colchón barato: nos pasamos la tercera parte nuestra vida encima de él.

* No confundas confort con felicidad.

* Escucha el doble de lo que hablas (por eso Dios nos dio dos oídos y una sola boca).

* Cuando necesites un consejo profesional, pídelo a profesionales y no a amigos.

* Aprende a distinguir quiénes son tus amigos y quiénes son tus enemigos.

* Nunca envidies: la envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento.

* Recuerda que la felicidad no es una meta sino un camino: disfruta mientras lo recorres.

* Si no quieres sentirte frustrado, no te pongas metas imposibles.

"La gente más feliz no necesariamente tiene lo mejor de todo; simplemente disfruta al máximo de todo lo que Dios pone en su camino"

La importancia de saber inglés

En cierta ocasión, una familia española pasaba unas vacaciones en Escocia, a razón de una herencia inesperada y el poder de la fortuna. Durante uno de sus paseos campestres observaron una casita de campo que les pareció de lo más adecuado para disfrutar, junto con sus hijitos, del próximo veraneo.

Indagaron sobre el propietario de la misma y resultó ser el Pastor de la Iglesia Anglicana. Éste, haciendo uso de una correcta amabilidad, se la mostró por dentro y por fuera. Tanto por la comodidad, la ubicación y el precio del arrendamiento, resultó ser del consenso de toda la familia. Así fue como quedaron de acuerdo para ocuparla al año siguiente.

Ya de regreso a España, la esposa recordó no haber visto el WC, y dado el pragmatismo de la señora de reciente clase media alta (Antiguamente, burguesa), decidió escribir al Pastor interesándose por el emplazamiento de tan indispensable servicio, lo cual hizo en los términos siguientes:

- Estimado Pastor, soy madre y señora de la familia española que hace pocos días visitó su propiedad con la intención de alquilarla para nuestras próximas vacaciones estivales; al parecer, con las diligencias previas, olvidamos preguntarle por un pequeño detalle. Si fuera usted tan amable de indicarnos dónde encontrar el WC, le quedaría eternamente agradecida.

El Pastor, al recibir la carta, confundió las abreviaturas y creyó que se trataba de la Capilla de la región, llamada WELIN CHAPEL, y contesto de esta guisa:

- Tengo el placer de informarle que el lugar que usted alude se halla a 12 kilómetros de la casa, lo cual es muy molesto especialmente si se tiene la costumbre de ir con frecuencia. Algunas personas se llevan la comida y permanecen allí todo el día. Unos van a pie y otros en sus propios vehículos, siempre esperanzados en llegar justo en el momento oportuno.

Hay lugar para unas 400 personas sentadas y otras 100 en pie.

Se recomienda ir temprano para coger sitio, pues llegar tarde implica soportar todo el acto en pie.

Es un acto muy bonito, habitual entre los vecinos de la comarca.

Los niños pequeños se sientan juntos y cantan a coro. A la entrada se proporciona un papel a cada uno de ellos y los adultos que no llegaron a la hora del reparto, pueden utilizar el del compañero de asiento, aunque a la salida deban devolverlo para continuar usándolos durante la temporada completa.

Todo lo que queda depositado por los que allí acuden se destina al Orfanato de la comarca para dar de comer a los pobres huérfanos.

Afectuosamente suyo, John Smith Junior.

21 de julio de 2011

Mañana será muy tarde...

1.- Si estas enojado con alguien, y nadie hace nada por arreglar la situación… arréglala tú. Tal vez hoy, esa persona todavía quiera ser tu amiga, y si no lo arreglas, tal vez mañana será muy tarde.
2.- Si estás enamorado de alguien, pero esa persona no lo sabe…díselo. Tal vez hoy, esa persona también esté enamorada de ti, y si no se lo dices hoy, tal vez mañana será muy tarde.
3.- Si te mueres de ganas por darle un beso a alguien.. dáselo. Tal vez esa persona también quiere un beso tuyo, y si no se lo das hoy, tal vez mañana será muy tarde.
4.- Si todavía amas a una persona que crees que te ha olvidado…. díselo… Tal vez esa persona siempre te ha amado, y si no se lo dices hoy, tal vez mañana será muy tarde.
5.- Si necesitas un abrazo de un amigo.. pídeselo. Tal vez ellos lo necesitan más que tú, y si no se lo pides hoy, tal vez mañana será muy tarde.
6.- Si de verdad tienes amigos a los cuales aprecias.. díselo. Tal vez ellos también te aprecian, y si se van o se alejan, tal vez mañana será muy tarde.
7.- Si quieres a tus padres, y nunca has tenido la oportunidad de demostrarlo… hazlo. Tal vez hoy, los tienes ahí para demostrárselo, pero si se van, tal vez mañana será muy tarde.
8.- ¡Cuéntale esto a las personas que quieres!… Y vas a ver como te vas a enterar de que hay gente que te quiere y tu no lo sabías.

¡Cuéntales hoy….! Tal vez mañana será muy tarde……

18 de julio de 2011

Mejorando el sermón

El nuevo padre de la parroquia estaba tan nervioso en su primer sermón que casi no consiguió hablar. Para remediar eso, el domingo siguiente, antes de su segundo sermón preguntó al Arzobispo como podría hacer para relajarse. Este le sugirió lo siguiente:

- La próxima vez coloque unas gotitas de VODKA en el agua y va a ver que después de algunos tragos va a estar más relajado.

El Domingo siguiente el Padre aplicó la sugerencia y en efecto se sintió tan bien que podría hablar hasta en medio de una tempestad totalmente relajado. Después del sermón regresó a la sacristía y encontró una nota del Arzobispo que decía lo siguiente:

Apreciado Padre:

La próxima vez coloque unas gotas de Vodka en el agua y no unas gotas de agua en el Vodka.

Le anexo algunas observaciones para que no se repita lo que vi en el sermón de hoy :

1) No hay necesidad de ponerle una rodaja de limón en el borde del Cáliz

2) Aquella caseta al lado del altar es el confesionario y no el baño.

3) Evite apoyarse en la imagen de la Virgen y mucho menos abrazarla y besarla.

4) Existen 10 mandamientos y no 12

5) Los apóstoles eran 12 y no 7, y ninguno era enanito.

6) No nos referimos a nuestro señor Jesucristo y sus apóstoles como J.C. & Cía.

7) No nos referimos a Judas como "puto cabrón de los cojones".

No debe tratar al Papa por El Padrino.

9) Bin Laden no tuvo nada que ver con la muerte de Jesús.

10) El agua bendita es para bendecir y no para refrescarse la nuca.

11) Nunca rece la misa sentado en la escalera del altar y mucho menos con el pie montado sobre la Biblia.

12) Las ostias son para distribuirlas en el pueblo. No deben ser usadas como canapés para acompañar el vino.

13) Los pecadores van para el infierno y no "a tomar pol culo".

14) En el ofertorio los fieles entregan el diezmo voluntario; quite el letrero que dice " su propina es mi sueldo".

15) El padre nuestro se debe rezar alzando las manos al cielo y no haciendo la ola.

16) La iniciativa de llamar al público para bailar fue buena pero hacer el trencito por toda la iglesia NO!!!

17) IMPORTANTE!!: Aquel tipo sentado en el rincón del altar al cual Ud se refirió como bujarra trasvesti con faldita era YO!!!

Espero que esos fallos sean corregidas en el próximo Domingo.

Atentamente,

El Arzobispo